CATECISMO DE LA IGLESIA ORTODOXA
CATECISMO
DE LA IGLESIA CATOLICA DE ORIENTE.
ELABORADO
POR EL METROPOLITA FILARET (Drozdov)
REEDICION
2000
Traducción
del Rev. P. Kirill
IGLESIA
ORTODOXA RUSA DEL PATRIARCADO DE MOSCU EN MEXICO
“Lleva
contigo un compendio de la saludable Enseñanza
que me oíste acerca de la fe y el amor, que es
en Cristo Jesús”
(2 Tim. 1, 13)
INTRODUCCION
CONCEPTOS PRELIMINARES
1. El Catecismo
ortodoxo es la instrucción en la fe cristiana ortodoxa, misma que es enseñada a
cada cristiano para agradar a Dios y para la salvación del alma.
(“…para
que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido.”
Luc. 1, 4; “…Este había sido
instruido en el camino del Señor…” Hech. 18, 25)
8 En el estudio de la
piedad, se requiere no solo de conocimiento, sino también de fe, puesto que el
objeto principal de esta enseñanza lo es Dios, Quien es invisible e Incomprensible
y la Sabiduría de Dios, es guardada en secreto. Es por ello que muchas partes
de esta enseñanza no pueden ser abarcadas a través de la razón, pero pueden ser
tomadas por medio de la fe. Al respecto, San Cirilo de Jerusalén dice: Hay un
ojo que ilumina a cada conciencia. Esta comunica al hombre. Tal como dice el
profeta: “Si vosotros no creyereis, de
cierto no permaneceréis” (Is. 7,9)
9 San Cirilo,
explica la necesidad de la fe, de la
manera siguiente: “No sólo nosotros, quienes llevamos el nombre de Cristo,
honramos la fe grandemente, sino que todo lo que se realiza en el mundo,
incluso por personas ajenas a la Iglesia, se hace con fe. La agricultura está
basada en la fe, puesto que ¿quién no cree, tiene la fe, en que recogerá los
frutos a su tiempo, una vez realizado el trabajo de la siembra? La fe es la que
guía de los marineros. Confían su destino a un pedazo de madera, el cual incesantemente
se aproxima al peligro de las olas, prefiriendo esto que a la firmeza de la
tierra, entregándose a sí mismos a esperanzas desconocidas, teniendo sólo
consigo la fe.
ACERCA DE LA REVELACION DIVINA
10 La enseñanza de la
fe ortodoxa la obtenemos de la Revelación Divina.
11 Bajo el nombre de “Revelación Divina” abarcamos todo lo
que el propio Dios ha revelado a la humanidad, para que esta pueda de manera
correcta y salvífica creer en Él y dignamente adorarle.
13 No todas las
personas tienen la capacidad para recibir de manera directa la Revelación
Divina, debido a la impureza del pecado y a la debilidad tanto de alma y
cuerpo.
El Apóstol Pablo, al inicio de su epístola
a los Hebreos dice: “Dios, habiendo
hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los
profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien
constituyó heredero de todo, y quien asimismo hizo el universo” (Heb. 1,
1-2)
El mismo Apóstol Pablo escribe a los
Corintios: “Mas hablamos sabiduría de
Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los
siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo
conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de
gloria…Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu
todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios” (1Cor 2, 7-8, 10)
El Evangelista Juan, escribe en el
Evangelio: “A Dios nadie le vio jamás; el
Unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer” (
1, 18)
El propio Señor Jesucristo dice: “Todas las cosas me fueron entregadas por mi
Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino
el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Mt. 11, 27)
“Porque
las cosas invisibles de Él, Su eterno poder y deidad, se hacen claramente
visibles desde la creación del mundo,…” (Rom. 1, 20)
“Y de
una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda
la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites
de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando,
puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros.
Porque en Él vivimos, y nos movemos, y somos, como algunos de vuestros propios
poetas también han dicho: Porque linaje Suyo somos” (Hch.
17, 26-28)
“La fe en Dios es precedida por el
razonamiento de que Dios existe; el cual surge a través de la observación de la
creación. Considerando diligentemente al mundo creado, sabremos que Dios es
Sabio, Todopoderoso, Bueno; conoceremos también todas sus características no
visibles. De esta manera también lo conoceremos como El Supremo Soberano. De
todo el mundo, creador es Dios, y nosotros formamos parte de ese mundo, en
consecuencia, Dios es nuestro creador. Para llegar a este conocimiento, se
requiere la fe, y para la fe – reverencia (San Basilio el Grande. Epístola 232)
ACERCA DE LA SAGRADA TRADICION Y LAS SAGRADAS ESCRITURAS.
16 La Revelación
Divina se difunde entre la gente y se conserva en la verdadera Iglesia de dos
maneras: A través de la Sagrada Tradición y de las Sagradas Escrituras.
17 Bajo el nombre de “Sagrada
Tradición” se entiende todo lo que los verdaderos creyentes y adoradores de
Dios, de palabra y obra, se transmiten unos a otros; los antepasados a sus descendientes: La enseñanza
de la fe, la Ley de Dios, los Sacramentos y los Ritos sagrados.
San Irineo escribe: “No debemos buscar
entre otros la verdad que podemos obtener de la Iglesia. Porque en Ella, en la
Iglesia, como si en un cofre en donde se guarda un tesoro, los Apóstoles, plenamente,
colocaron todo lo que pertenece a la verdad, de manera que quien lo desee puede
tomar de ella el alimento de vida. Ella (la Iglesia) es la puerta de entrada a
la vida” (Contra la herejía. Libro 3. Cap. 4)
21 La primera y más antigua manera de
difundir la Revelación Divina lo fue a través de la Sagrada Tradición. De Adán
a Moisés no existieron los libros sagrados. Nuestro mismo Señor Jesucristo
transmitió Su divina enseñanza a sus discípulos de forma oral y por obra, y no
por medio de libros. De la misma manera, al inicio, los Apóstoles difundieron
la fe y establecieron la Iglesia de Cristo. La necesidad de la Tradición se
hace más evidente, toda vez de que no todas las personas tenían acceso a los
libros, en cambio a la tradición, todos tenían acceso.
24 La Tradición es necesaria actualmente para
orientarnos en el correcto entendimiento de las Sagradas Escrituras, para la
correcta realización de los Sacramentos y la correcta observancia de los ritos
sagrados, en la pureza desde los inicios en que fueron establecidos.
San
Basilio el Grande dice al respecto: “De lo observado en la Iglesia de los
dogmas, de las predicaciones, algunas las obtenemos de la instrucción escrita y
otras llegan a nosotros de la tradición apostólica, por transmisión en secreto.
Unas y otras tienen la misma fuerza y esto no puede ser contradicho por nadie,
a pesar de que sea poco entendido en las disposiciones de la Iglesia. Ya que si
rechazamos las costumbres no escritas, como si tuvieran poca importancia,
estaríamos sin duda alguna mutilando el Evangelio en lo más importante, o es
más, el sermón apostólico lo dejaremos vacío. Por ejemplo, hagamos referencia a
lo más común: Todos aquellos esperanzados en el nombre de nuestro Señor
Jesucristo se persignan haciendo la señal de la Cruz. ¿En qué escrito se enseña
esto? El hecho de que al momento de rezar, el creyente se dirija hacia oriente,
¿en qué epístola se enseña esto? Las palabras de invocación sobre el Pan
Eucarístico del ofrecimiento y la bendición del Cáliz, cuál de los santos nos
lo dejó por escrito? No nos conformamos con las palabras que el Apóstol dice, y
el Evangelio registra, sino que antes y después pronunciamos otras, de gran
fuerza para el Sacramento, las cuales forman parte de una enseñanza no escrita.
¿Conforme a qué escritura bendecimos el agua para el Sacramento del Bautismo y
el óleo para la unción y la bendición a la persona misma a bautizarse? No viene
todo esto de la Tradición callada? ¿Qué más? La misma unción con óleo, ¿Cuáles
escritos nos lo enseñaron? ¿De dónde nos viene la triple inmersión en el
bautismo y el resto de los actos en el bautismo, como la renuncia a satanás y a
sus ángeles? ¿De qué escrito lo tomamos? ¿No son acaso todas estas enseñanzas
no reveladas e inexpresadas, las cuales nuestros padres conservaron
calladamente, habiendo sido instruidos en el principio de guardar en silencio
la santidad de los misterios? ¿Porqué publicar por escrito la enseñanza
referente a lo que no se les permite a los no bautizados siquiera ver? (Canon
97, sobre el Espíritu Santo, cap. 27)
ACERCA DE LAS SAGRADAS
ESCRITURAS
25 Los Libros Sagrados han sido escritos en
diversas épocas. Algunos hasta antes del Nacimiento de Cristo, y otros
–después.
29 Dios preparó a los hombres, para recibir
al Salvador, a través de la revelación, por medio de las profecías y de las pre-imágenes.
32 La cuenta de los hebreos merece especial
atención pues como dice el Apóstol Pablo: “Porque a ellos se les confiaron las
palabras de Dios…” y la Iglesia Cristiana del Nuevo Testamento recibió los
libros Sagrados del Antiguo Testamento de la Iglesia Hebrea del Antiguo
Testamento. (Rom. 3, 2)
33 San Cirilo y San Atanasio enumeraron a los
libros del Antiguo Testamento de la siguiente manera:
1.
Génesis
2.
Éxodo
3.
Levítico
4.
Números
5.
Deuteronomio
6.
Libro de Josué, hijo de Nun.
7.
Libro de los Jueces, y con él, como apéndice, el libro de Ruth.
8.
Primero y Segundo Libros de Reyes ( 1 y 2 de Samuel), como dos partes de un
solo libro.
9. Tercero
y Cuarto libros de Reyes (1 y 2 de Reyes)
10.
Primero y Segundo libros de Paralipómenos. (Crónicas)
11.
Libor de Esdras, primero y segundo, o como se escribe en griego, Libro de
Nehemías.
12.
Esther.
13. Job
14.
Salterio
15.
Proverbios de Salomón
16.
Eclesiastés, también de Salomón.
17.
Cantar de los Cantares, también de Salomón.
18.
Profeta Isaías.
19.
Profeta Jeremías.
20.
Profeta Ezequiel.
21.
Profeta Daniel.
22.
Libros de los doce profetas.
34. En esta enumeración de los libros del
Antiguo Testamento, no se hace mención del libro de la Sabiduría de Jesús, el
hijo de Sirac y tampoco de algunos otros, porque ellos no estaban escritos en
la lengua hebrea.
36. Tomando en cuenta el contenido de los
libros del Antiguo Testamento, se pueden dividir en cuatro clases:
1) Libros de la Ley, los cuales conforman
la mayor parte del Antiguo Testamento;
2) Libros Históricos, cuyo contenido
predominante es la historia de la religión;
3) Libros Instructivos, los cuales
contienen las enseñanzas, la instrucción de la religión.
4) Libros Proféticos, los cuales contienen
las profecías o predicciones del futuro, y de manera especial acerca de
Jesucristo.
37. Libros de la Ley. Son cinco, fueron
escritos por el profeta Moisés:
1)
Génesis; 2) Éxodo; 3) Levítico; 4) Números y 5) Deuteronomio.
El
mismo Jesucristo les designó, a estos libros, de una manera especial: “La Ley de Moisés” (Luc. 24, 44) (“Después les dijo: A esto me refería cuando,
estando todavía con ustedes, les dije que todo lo escrito en la Ley de
Moisés y en los profetas y Salmos acerca de mí tenía que cumplirse”)
38 Libro del Génesis. Contiene el relato de
la creación del mundo y del hombre, así como la historia y establecimiento de
la adoración de Dios en el cumplimiento de sus mandatos, en los primeros
tiempos del género humano.
40. Los Libros
Históricos del Antiguo Testamento, son: El libro de Josué, hijo de Nun; Jueces;
Ruth; Reyes; Paralipómenos (Crónicas); los libros de Esdras; Nehemías y Esther.
41. Los Libros Instructivos del Antiguo
Testamento son: El libro de Job; El Salterio y los libros de Salomón.
43. Los Libros Proféticos; son los libros de
los Profetas Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel y de los otros doce profetas.
48. A estos libros se les llaman Evangelios
porque para las personas no puede haber una mejor y más jubilosa noticia, como
la del Divino Salvador y la salvación eterna. Es por ello que la lectura del
Evangelio en la Iglesia es precedida y acompañada por la jubilosa exclamación: “Gloria a Ti, Señor, gloria a Ti”
50. Este libro narra el descenso del Espíritu
Santo sobre los Apóstoles y el esparcimiento, por ellos, de la Iglesia
Cristiana.
51. La palabra “Apóstol” significa “Enviado”.
Con este nombre designamos a los discípulos elegidos por nuestro Señor
Jesucristo, a los cuales Él envió a predicar el Evangelio.
52. Los libros de enseñanza o instructivos
del Nuevo Testamento, se integran por las siete Epístolas Universales; una del
Santo Apóstol Santiago, dos del Santo Apóstol Pedro, tres del Santo Apóstol Juan
y una del Santo Apóstol Judas; así como también las catorce Epístolas del Santo
Apóstol Pablo: Una a los Romanos, dos a los Corintios, una a los Gálatas, una a
los Efesios, una a los Filipenses, una a los Colosenses, dos a los
Tesalonicenses, dos a Timoteo, una a Tito, una a Filemón, una a los Hebreos.
56. Al leer las Sagradas Escrituras es
necesario observar lo siguiente: En primer lugar es indispensable leerlas con
reverencia ya que es la Palabra de Dios, así como en oración para su
comprensión. En segundo lugar se requiere realizar su lectura con intención
pura, para nuestra instrucción en la fe y motivación hacia las buenas obras. En
tercer lugar, su entendimiento debe hacerse de conformidad con la
interpretación de la Santa Iglesia y de los Santos Padres.
57. Cuando la Iglesia se propone enseñar la
Divina Revelación y las Sagradas Escrituras a las personas que las desconocen,
les muestra los siguientes signos de que se trata verdaderamente de la palabra
de Dios:
1. La
Grandeza de esta enseñanza, lo cual evidencia que no pudo ser producto de la
razón humana.
2. La
Pureza de esta enseñanza, que muestra su procedencia de la mente de Dios.
3. Las
Profecías.
4. Los
Milagros.
5. El
poderoso efecto de esta enseñanza en el corazón de la humanidad, siendo esto
sólo posible por la Fuerza Divina.
58. Profecía es un signo de la verdadera
Revelación Divina; y esto se puede explicar a través de un ejemplo: El Profeta
Isaías, profetizó el nacimiento de Cristo Salvador de una Virgen, lo cual para
la razón natural del hombre, ello es imposible. Unos cuantos siglos después de
la profecía, nuestro Señor Jesucristo nació de la Santísima Virgen María. Es
imposible no darse cuenta de que la profecía fue anunciada por la palabra de
Dios, Omnisciente y cuyo cumplimiento, de la profecía, es obra de Dios
Todopoderoso. Es por ello que el Santo Apóstol Mateo al narrar el Nacimiento de
Cristo, trae a cuenta la profecía de Isaías: “Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor, que
habla por medio del Profeta: He aquí que una doncella concebirá y dará a luz a
un hijo. Y llamará su nombre Emmanuel, que traducido es: Dios con nosotros” (Mat.
1, 22-23)
59. Los Milagros. Son actos, hechos,
imposibles de realizar por la fuerza y arte humanos, sino sólo por Dios
Todopoderoso. Por ejemplo: La resurrección de los muertos.
60. Los Milagros son muestra de la verdadera
Palabra de Dios (Nuestro Señor Jesucristo), Quien realiza verdaderos milagros,
los cuales son realizados por la fuerza de Dios, Quien agrada a Dios y está en
comunión con el Espíritu Santo. Tal hombre sólo puede hablar la verdad pura. Es
por ello que cuando habla en nombre de Dios, entonces a través de Él,
indudablemente, habla la Palabra de Dios. Por ello el mismo Señor Jesucristo,
nuestro Señor, reconoce a los milagros como testimonio de Su Divina misión: “Las obras que el Padre me dio para que
cumpliese, las mismas obras que Yo hago, dan testimonio de mí, de que el Padre
me ha enviado” (Jn. 5, 36)
COMPOSICION DEL CATECISMO
62. Para una correcta
comprensión de cómo se conforma la enseñanza catequética de la religión, se
puede lograr con el estudio de los libros de la Confesión Ortodoxa, aprobados
por los Patriarcados Ortodoxos Orientales. Tomar como base lo dicho por el
Apóstol San Pablo, acerca de que la vida de cada cristiano debe estar
fundamentada en una verdadera vida de FE, ESPERANZA, AMOR. “Así que esto queda: Fe, esperanza, amor; estas tres, y de ellas la más
valiosa es el amor” (1 Cor. 13,13)
Así
pues, al Cristiano le es necesario, en primer lugar, la instrucción sobre la Fe
en Dios y en los misterios, los cuales Él revela; en segundo lugar la
instrucción sobre la Esperanza en Dios y los medios de confirmación en ella; en
tercer lugar, la enseñanza acerca del amor a Dios y hacia todos los que Él
manda amar.
63. La Iglesia nos introduce en la enseñanza
sobre la fe por medio del Símbolo de la Fe o Credo.
64. La guía para la enseñanza acerca de la
Esperanza se puede recibir de lo manifestado por el Señor en las Bienaventuranzas
y en la Oración del Señor.
65. La enseñanza
inicial acerca del Amor, la podemos encontrar en los diez mandamientos de la
Ley de Dios, y también en el Nuevo Testamento (Mat. 5, 44, 46: 10, 37; Mc. 12,
30-33; Lc. 7, 47; 11, 42; Jn. 13, 34-35. 1 Cor. 13, 1-9, etc.)
PRIMERA PARTE
ACERCA DE LA FE
SOBRE EL SIMBOLO DE LA FE EN GENERAL
Y SU ORIGEN
66. El Símbolo de la Fe
es la enseñanza acerca de lo que deben creer los cristianos, expuesto en
palabras muy concretas y puntuales.
67. 1. Creo en un solo Dios Padre, Todopoderoso, Creador del cielo y
la tierra, de todo lo visible e invisible.
2. Y en un sólo Señor Jesucristo, Hijo
Unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Luz de Luz, Dios
verdadero de Dios verdadero, nacido, no creado, consustancial con el Padre, por
quien todo fue hecho.
3. Quien por nosotros, los hombres, y para
nuestra salvación, descendió de los cielos, y se encarnó del Espíritu Santo y
de María Virgen, y se hizo hombre.
4. Crucificado, también por nosotros, en
tiempos de Poncio Pilato; padeció, y fue sepultado.
5. Y Resucitó al tercer día conforme a las Escrituras.
6. Ascendió a los Cielos, y está sentado a la diestra del Padre.
7. Y otra vez vendrá con gloria a juzgar a
los vivos y a los muertos, y Su Reino no tendrá fin.
8. Y en el Espíritu Santo, Señor,
Vivificador, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es juntamente
adorado y glorificado, que habló por los profetas.
9. En la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica.
10. Confieso un solo Bautismo para la remisión de los pecados.
11. Espero la resurrección de los muertos,
12. y la vida del siglo venidero. Amén.
68. De esta manera los
Padres del Primer y Segundo concilios ecuménicos desarrollaron la enseñanza de
la fe.
El
Segundo, en Constantinopla, en el año 381;
El
Tercero, en Éfeso, en el año 431;
El
Cuarto, en Calcedonia, en el año 451;
El
Quinto, en Constantinopla, por segunda ocasión, en el año 553;
El Sexto,
en Constantinopla, por tercera ocasión, en el año 680 y
El
Séptimo, en Nicea, por segunda ocasión, en el año 787.
Primero,
para confirmar la verdadera enseñanza acerca del Hijo de Dios, en contra de la
falsa enseñanza de Arrio; Segundo, para confirmar la enseñanza acerca del
Espíritu Santo, en contra de la falsa enseñanza de Macedonio.
73. El Primer Concilio
Ecuménico emitió veinte reglas o cánones[1]
y el Segundo siete.
ACERCA DE LAS DIVERSAS PARTES DEL SIMBOLO DE LA FE
74 Para una mejor comprensión de las diversas
partes del Símbolo de la Fe Universal, es aconsejable poner especial atención
en cada uno de los doce artículos o partes, en que se ha dividido, y
estudiarlos por separado.
En el
segundo artículo o parte del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la Segunda
Hipóstasis de la Santísima Trinidad, acerca de nuestro Señor Jesucristo, el
Hijo de Dios.
En el tercer
artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la Encarnación del Hijo de
Dios.
En el
cuarto artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la Pasión y Muerte de
Jesucristo.
En el
quinto artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la Resurrección de
nuestro Señor Jesucristo.
En la
sexta parte del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la Ascensión de Jesucristo
a los Cielos.
En el
séptimo artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la Segunda y Gloriosa
Venida de nuestro Señor Jesucristo a la tierra.
En el
octavo artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la Tercera Hipóstasis
de la Santísima Trinidad, El Espíritu Santo.
En el
noveno artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca de La Iglesia.
En el
décimo artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca del Bautismo, en donde
están implícitos todos los demás Sacramentos.
En el
undécimo artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la futura
Resurrección, general, de los muertos.
En el
duodécimo artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la Vida Eterna.
ACERCA DEL PRIMER ARTICULO DEL
SIMBOLO DE LA FE
El
mismo Apóstol Pablo manifiesta el efecto que la fe tiene en los Cristianos, al
hacer la siguiente oración, por ellos, a Dios:
“…y le pido que, mostrando su inagotable
esplendidez, los refuerce y fortalezca interiormente con Su Espíritu, para que
el Mesías se instale por la fe en lo íntimo de ustedes y queden enraizados y
cimentados en el amor…”(Efesios 3, 16-17)
78 El efecto inmediato e indispensable de una
fe sincera en Dios, deberá ser: La confesión de esa misma fe.
79 Confesar la fe —significa reconocer de
manera abierta que tenemos la fe ortodoxa, con toda seguridad y firmeza, de tal
manera que ni las amenazas, ni las tentaciones, ni las torturas, ni la misma
muerte nos puedan hacer flaquear y negar la fe en el Verdadero Dios y Señor
nuestro Jesucristo.
80 El Apóstol Pablo testifica que es
necesaria la confesión de la fe para obtener la salvación: “Porque con el corazón se cree para verdad, pero con la boca se
confiesa para salvación” (Rom. 10, 10).
82 En el Símbolo de la Fe no se dice: Creo en
Dios, sino “Creo en Un solo Dios”,
en el Único Dios. —Esto es así para rechazar la doctrina de los paganos,
quienes al adorar a Dios, creen que existen muchos dioses.
83 La enseñanza de las Sagradas Escrituras
acerca del Único Dios, introducida al Símbolo de la Fe, es tomada de la
siguiente expresión del Santo Apóstol Pablo: “…y que nadie es Dios más que uno; pues aunque hay los llamados dioses,
ya sea en el cielo, ya en la tierra —y de hecho hay numerosos dioses y
numerosos señores—para nosotros no hay más que Un Dios, el Padre, de Quien
procede el universo y a quien estamos destinados nosotros y Un solo Señor,
Jesús Mesías, por quien existe el universo y por quien existimos nosotros”
(1Cor. 8: 4-6)
85 Sobre esto, las Sagradas Escrituras, por
medio del Apóstol Pablo, dicen: “El Único
que tiene inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ninguno de
los hombres ha visto, ni puede ver” (1Tim. 6,16)
87 Todo lo anterior lo podemos encontrar en
las Sagradas Escrituras. El mismo Señor Jesucristo dijo que “Dios es Espíritu”(Juan 4, 24). Acerca
de la eternidad de Dios, habla el profeta David: “Antes que los montes fuesen engendrados, y naciesen la tierra y el
orbe, y desde la eternidad hasta la eternidad, Tú, oh Dios, eres.” (Sal
89:2) En el Apocalipsis se puede leer la siguiente glorificación a Dios: “Santo, Santo, Santo, es el Señor Dios
Todopoderoso, El que era, El que es y El que ha venir” (Apoc. 4:8) El Santo
Apóstol Pablo dice que el Evangelio fue manifestado “de acuerdo con el mandato del Dios Eterno”(Rom. 14,25)
Acerca de
la bondad de Dios, nuestro Señor Jesucristo dijo: “Ninguno hay bueno, sino Uno: Dios” (Mat. 19, 17) El Apóstol Juan
dice: “Dios es Amor” (1Juan 4,16). El
Profeta David exclama: “Yahvé es Benigno
y Misericordioso, Magnánimo y Grande en clemencia. Yahvé es Bueno con todos, y
Su misericordia se derrama sobre todas Sus criaturas” (Sal.144, 8-9)
Acerca
de la Omnisciencia de Dios el Apóstol Juan escribe: “…por encima de nuestra conciencia está Dios, que lo sabe todo”
(1Juan 3, 20) El Apóstol Pablo dice: “¡Qué
abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios¡ ¡Qué
impenetrables Sus decisiones y qué incomprensibles Sus caminos!” (Rom. 11,
33)
Acerca
de la Justicia de Dios el profeta David canta: “Porque Yahvé es Justo y ama la justicia: los rectos verán Su rostro”
(Sal. 10, 7) El Apóstol Pablo dice que “pagará
a cada uno conforme con sus obras” y que “no hay acepción de personas en Dios”(Rom. 2,6,11)
Acerca
del Poderío de Dios el Salmista dice: “Porque
Él habló y quedaron hechos; mandó, y tuvieron ser” (Sal. 32, 9) El Arcángel
Gabriel dice en el Evangelio: “Porque no
hay nada imposible para Dios” (Luc. 1, 37)
Acerca
de la Omnipresencia de Dios, David lo expresa de la siguiente manera: “¿A dónde iré que me sustraiga a Tu
espíritu, a dónde huiré de Tu rostro? Si subiere al cielo, allí estás Tú; si
bajare al abismo, Tú estás presente. Si tomare las alas de la Aurora, y me
posare en el extremo del mar, también allí me conduciría Tu mano, y me tendría
asido a Tu diestra. Si dijere: ”Al menos las tinieblas me esconderán”, y a modo
de luz me envolviese la noche, las mismas tinieblas no serían oscuras para Ti,
y la noche resplandecería como el día, la oscuridad como la luz.” (Sal.
138, 7-12)
El
Apóstol Santiago escribe que “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende
de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mutación, ni sombra de
variación” (Santiago 1, 17)
El
Apóstol Pablo dice que: “Ni es honrado
por mano de hombre, como si necesitase algo; pues Él es quien da a todos vida y
aliento y todo” (Hechos 17, 25) El mismo Apóstol nombra de Dios: “Sólo Soberano, Rey de reinantes y Señor de
Señores” (1Tim. 6, 15)
88 Dios es Espíritu, sin embargo las Sagradas
Escrituras le adscriben miembros corporales, por ejemplo: corazón, ojos, oídos,
manos. Ello no significa que Dios tenga manos, oídos, ojos, etc. Las Sagradas
Escrituras hacen esta referencia, adaptándose al lenguaje común utilizado por
los hombres; sin embargo hay que entender estas palabras en un sentido más
alto, espiritual. Por ejemplo cuando se hace referencia al Corazón de Dios, se
quiere dar a entender Su bondad, Su amor. Cuando se hace referencia a los ojos
y oídos de Dios se quiere mostrar Su Omnisciencia. Cuando las Sagradas
Escrituras hablan acerca de las manos de Dios, se hace referencia a Su
Omnipotencia.
89 Dios está presente en todas partes, sin
embargo se dice que Dios está en los Cielos, que también se encuentra en el
Templo.
En
efecto, Dios está en todas partes, pero en los Cielos tiene una presencia
especial, en la gloria eterna, manifiesta a las almas bienaventuradas; y en el
Templo hay también una especial presencia de Dios, manifiesta de manera
sacramental y a través de la Gracia; presencia de Dios que es experimentada y
reconocida, reverentemente, por los creyentes, misma que se hace manifiesta, en
algunas ocasiones, de manera extraordinaria.
Nuestro
Señor Jesucristo dice: “En donde dos o
tres estén reunidos en Mi Nombre, ahí estaré, en medio de ellos” (Mat. 18,
20)
91 Sobre la Santísima Trinidad se habla en
las Sagradas Escrituras. En el Nuevo Testamento encontramos referencias
importantísimas al respecto, como las siguientes: “id y enseñar a todas las naciones, bautizándolas en el Nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mat. 28,19)
“Porque Tres son los que dan testimonio en
el cielo: El Padre, La Palabra y El Espíritu Santo; y estos Tres son Uno” (1 Juan 5, 7)
“…¡Santo, Santo, Santo, el Señor de los
ejércitos, la tierra está llena de Su gloria!” (Is. 6, 3)
93 Dios es Uno en Tres Personas. Los hombres
no comprendemos este misterio interno de la Divinidad, pero creemos en el
infalible testimonio de la Palabra de Dios:
“La manera de Ser de Dios nadie la conoce sino el Espíritu de Dios” (1 Cor.
2, 11)
94 Entre las Personas de la Santísima
Trinidad hay algunas diferencias, como el que Dios Padre no nace y no procede
de ninguna otra persona; el Hijo de Dios ha nacido del Padre en la eternidad;
el Espíritu Santo, desde la eternidad procede del Padre.
96 A Dios se le conoce como Todopoderoso (∏αντοκρατωρ) porque todo lo que existe lo contiene en
Su fuerza y Su voluntad.
97 Las palabras del Credo: “Creador del cielo y de la tierra, de todo
lo visible e invisible” –nos habla de que todo fue creado por Dios y nada
puede ser sin Dios.
98 Estas palabras son tomadas de las Sagradas
Escrituras. El libro del Génesis comienza con las palabras: “En el principio creó Dios los cielos y la
tierra” El Apóstol Pablo dice acerca de Jesucristo, el Hijo de Dios: “Por El todo fue creado, lo que hay en los
cielos y lo que hay en la tierra, visible e invisible, sean tronos, sean
dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por Él y para Él”
(Col. 1:16)
99 En el Símbolo de la Fe, por la palabra: “invisible” se debe entender al mundo
espiritual, que es invisible, al cual pertenecen los Ángeles.
102 Así se les llama
porque Dios los envía a proclamar, a anunciar, Su Voluntad. Por ejemplo, el
Arcángel Gabriel fue enviado por Dios para anunciar a la Santísima Virgen la
concepción del Salvador.
103 Lo invisible fue creado antes que lo visible, y los ángeles antes que el hombre (Confesión Ortodoxa, Primera Parte, pregunta 18).
104 Un testimonio acerca de esto lo podemos encontrar en las Sagradas Escrituras. En el libro de Job, el mismo Dios dice acerca de la creación de la tierra: “¿Dónde encaja su basamento o quién asentó su piedra angular, entre la aclamación unánime de los astros de la mañana y los vítores de los ángeles?” (Job 38, 6-7)
105 El nombre de “Ángel de la Guarda o Ángel Protector” es tomado de las siguientes palabras de las Sagradas Escrituras: “Porque Él te ha encomendado a sus ángeles, para que te guarden en todos tus caminos” (Sal. 90, 11)
106 Para cada uno de nosotros hay un Ángel de la guarda. Esto nos lo confirman las siguientes palabras de nuestro Señor Jesucristo: “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mat. 18, 10)
107 No todos los ángeles son buenos y obran el bien. Existen ángeles malos, los cuales son llamados diablos o demonios.
108 Ellos fueron creados buenos y se hicieron malos porque violaron su deber de obediencia perfecta a Dios, y de esta manera se alejaron de Él y cayeron en la soberbia, en el amor así mismos y en el odio. En palabras del Apóstol Judas, estos ángeles no guardaron su dignidad, abandonaron su propia morada. (Judas 1, 6)
109 La palabra “diablo” significa: “Calumniador” o “Seductor”
110 Los ángeles malos son llamados “diablos”, es decir, “calumniadores” o “seductores” puesto que se afanan en desplegar todos sus engaños hacia la gente, inspirando malos y falsos pensamientos, así como malos deseos. Sobre esto, Jesucristo les dijo a los que no creyeron en Él como el Hijo de Dios: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de la mentira”(Juan 8, 44)
111 Las Sagradas
Escrituras nos revelaron acerca de la creación del mundo, que en el principio
Dios, de la nada creó a los cielos y la tierra. La tierra no tenía forma, es
decir, externamente no era como la apreciamos ahora. Además estaba vacía. Dios
poco a poco creó todo lo que está tanto en el cielo como en la tierra. El
Primer día creó Dios la Luz; El Segundo día creó Dios el
Firmamento o el cielo visible. El Tercer día creó Dios, los
depósitos de agua en la tierra, la tierra firme y las plantas. El
Cuarto día el sol, la luna y las estrellas. El Quinto día, los peces
y las aves. El Sexto día, los animales de cuatro patas que habitan sobre la
tierra firme y finalmente al ser humano. Con el hombre, la creación finalizó y
en el Séptimo día Dios descansó de todas sus obras. Por ello, el
séptimo día fue llamado el sábado, que traducido de la lengua hebrea significa “Descanso,
Reposo” (Génesis 2,2)
112 Las criaturas visibles no fueron creadas tal como hoy las vemos. Al momento de la creación todo era bueno, es decir, limpio, puro, hermoso e inofensivo.
113 Características conocidas de la creación del hombre. Dios, en la Santísima Trinidad dijo: “Hagamos al hombre a Nuestra imagen y semejanza” (Génesis 1, 26). Y creó, Dios, el cuerpo del primer hombre, Adán, sobre la tierra. Sopló en su cara el aliento de la vida; condujo a Adán al paraíso y le dio alimento, entre otros los frutos del paraíso, los frutos del árbol de la vida. Finalmente, tomó de Adán una costilla, mientras dormía y de ella formó a la primer mujer—Eva—(Génesis 2, 21-22)
114 “A imagen de Dios”, significa, conforme a la explicación del Santo Apóstol Pablo, “en la justicia y santidad de la verdad”(Efesios 4, 24)
116 La palabra “Paraíso” significa “jardín”. Así fue llamada la preciosa y bendita morada del primer hombre; descrita en el libro del Génesis como similar a un jardín.
117 El paraíso en el cual permanecieron las primeras personas, fue para el cuerpo material, una morada visible y bienaventurada. Y para el alma era espiritual, como condición de la gracia de la comunicación con Dios y de la contemplación espiritual de las criaturas. (Vid. Gregorio el Teólogo. Palabra 38, 42; Venerable Juan Damasquín. Teología. Libro 2, Capítulo 12, pág. 3)
118 “Árbol de la Vida” Se trata del árbol de cuyos frutos comía el hombre y mantenían su cuerpo sin enfermedad e inmortal.
119. “Eva fue formada de la costilla de Adán” para que todo el género humano, debido a su procedencia, viniesen de un solo cuerpo y por ello naturalmente tuviese la inclinación de amarse y mantenerse a salvo unos a otros.
120 Dios creó al hombre con la finalidad de que le conociera, le amara y glorificara y a través de ello fuese eternamente bienaventurado.
121 La voluntad de Dios de destinar al hombre a la eterna bienaventuranza tiene en la instrucción de la fe un nombre especial: “Predestinación de Dios”
122 La Predestinación Divina de la bienaventuranza eterna del hombre, permanece invariable aún y cuando en la actualidad observamos que el hombre no es dichoso. Dios en su infinita misericordia, al hombre apartado del camino de la bienaventuranza, determinó abrir un nuevo camino hacia la dicha, a través de Su hijo Unigénito Jesucristo. “Nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él” (Efesios 1, 4)
123 La Predestinación de Dios en relación con la gente en general y hacia cada hombre por separado, es necesario entenderla así: Dios predeterminó otorgar a todas las personas, y en efecto lo ha otorgado, la Gracia y los medios seguros para alcanzar la bienaventuranza; y a aquéllos que reciben libremente la Gracia otorgada, la utilizan así como los medios de salvación recibidos y les muestran el camino de salvación, hacia la bienaventuranza.
124 La Palabra de Dios, al respecto dice: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8, 24)
125 En la exposición de la fe, de los Patriarcas Ortodoxos de Oriente, acerca de esto, han dicho: “Porque Él previó que algunos utilizarían correctamente su libre voluntad, y otros de mala forma, entonces a aquellos predestinó a la gloria, y a los otros a condenarles”
126 Después de la creación del mundo y del hombre, siguió la actuación directa de Dios hacia el mundo y de manera especial hacia el hombre, a la cual se le da el nombre de la Divina Providencia.
127 La Divina Providencia es la incesante acción del poderío, sabiduría y bondad de Dios, con las cuales Él conserva la existencia y fuerzas de Sus criaturas, dirigiéndolas hacia objetivos buenos, asistiéndolos en cada obra buena; haciéndose presente a través de separar lo bueno de lo malo; suprime o corrige dirigiendo hacia el bien, produciendo buenos resultados.
128 Sobre la Divina Providencia el mismo Señor Jesucristo, en las Sagradas Escrituras dice: “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mat. 6, 26) En estas palabras, se hace evidente la Divina Providencia sobre todas las criaturas y especialmente sobre el hombre. El salmo 90 es una muestra de la abundancia y destacada Divina Providencia sobre el hombre.
103 Lo invisible fue creado antes que lo visible, y los ángeles antes que el hombre (Confesión Ortodoxa, Primera Parte, pregunta 18).
104 Un testimonio acerca de esto lo podemos encontrar en las Sagradas Escrituras. En el libro de Job, el mismo Dios dice acerca de la creación de la tierra: “¿Dónde encaja su basamento o quién asentó su piedra angular, entre la aclamación unánime de los astros de la mañana y los vítores de los ángeles?” (Job 38, 6-7)
105 El nombre de “Ángel de la Guarda o Ángel Protector” es tomado de las siguientes palabras de las Sagradas Escrituras: “Porque Él te ha encomendado a sus ángeles, para que te guarden en todos tus caminos” (Sal. 90, 11)
106 Para cada uno de nosotros hay un Ángel de la guarda. Esto nos lo confirman las siguientes palabras de nuestro Señor Jesucristo: “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mat. 18, 10)
107 No todos los ángeles son buenos y obran el bien. Existen ángeles malos, los cuales son llamados diablos o demonios.
108 Ellos fueron creados buenos y se hicieron malos porque violaron su deber de obediencia perfecta a Dios, y de esta manera se alejaron de Él y cayeron en la soberbia, en el amor así mismos y en el odio. En palabras del Apóstol Judas, estos ángeles no guardaron su dignidad, abandonaron su propia morada. (Judas 1, 6)
109 La palabra “diablo” significa: “Calumniador” o “Seductor”
110 Los ángeles malos son llamados “diablos”, es decir, “calumniadores” o “seductores” puesto que se afanan en desplegar todos sus engaños hacia la gente, inspirando malos y falsos pensamientos, así como malos deseos. Sobre esto, Jesucristo les dijo a los que no creyeron en Él como el Hijo de Dios: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de la mentira”(Juan 8, 44)
112 Las criaturas visibles no fueron creadas tal como hoy las vemos. Al momento de la creación todo era bueno, es decir, limpio, puro, hermoso e inofensivo.
113 Características conocidas de la creación del hombre. Dios, en la Santísima Trinidad dijo: “Hagamos al hombre a Nuestra imagen y semejanza” (Génesis 1, 26). Y creó, Dios, el cuerpo del primer hombre, Adán, sobre la tierra. Sopló en su cara el aliento de la vida; condujo a Adán al paraíso y le dio alimento, entre otros los frutos del paraíso, los frutos del árbol de la vida. Finalmente, tomó de Adán una costilla, mientras dormía y de ella formó a la primer mujer—Eva—(Génesis 2, 21-22)
114 “A imagen de Dios”, significa, conforme a la explicación del Santo Apóstol Pablo, “en la justicia y santidad de la verdad”(Efesios 4, 24)
115 Aliento de la Vida
—Es el alma, la esencia espiritual e inmortal.
116 La palabra “Paraíso” significa “jardín”. Así fue llamada la preciosa y bendita morada del primer hombre; descrita en el libro del Génesis como similar a un jardín.
117 El paraíso en el cual permanecieron las primeras personas, fue para el cuerpo material, una morada visible y bienaventurada. Y para el alma era espiritual, como condición de la gracia de la comunicación con Dios y de la contemplación espiritual de las criaturas. (Vid. Gregorio el Teólogo. Palabra 38, 42; Venerable Juan Damasquín. Teología. Libro 2, Capítulo 12, pág. 3)
118 “Árbol de la Vida” Se trata del árbol de cuyos frutos comía el hombre y mantenían su cuerpo sin enfermedad e inmortal.
119. “Eva fue formada de la costilla de Adán” para que todo el género humano, debido a su procedencia, viniesen de un solo cuerpo y por ello naturalmente tuviese la inclinación de amarse y mantenerse a salvo unos a otros.
120 Dios creó al hombre con la finalidad de que le conociera, le amara y glorificara y a través de ello fuese eternamente bienaventurado.
121 La voluntad de Dios de destinar al hombre a la eterna bienaventuranza tiene en la instrucción de la fe un nombre especial: “Predestinación de Dios”
122 La Predestinación Divina de la bienaventuranza eterna del hombre, permanece invariable aún y cuando en la actualidad observamos que el hombre no es dichoso. Dios en su infinita misericordia, al hombre apartado del camino de la bienaventuranza, determinó abrir un nuevo camino hacia la dicha, a través de Su hijo Unigénito Jesucristo. “Nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él” (Efesios 1, 4)
123 La Predestinación de Dios en relación con la gente en general y hacia cada hombre por separado, es necesario entenderla así: Dios predeterminó otorgar a todas las personas, y en efecto lo ha otorgado, la Gracia y los medios seguros para alcanzar la bienaventuranza; y a aquéllos que reciben libremente la Gracia otorgada, la utilizan así como los medios de salvación recibidos y les muestran el camino de salvación, hacia la bienaventuranza.
124 La Palabra de Dios, al respecto dice: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8, 24)
125 En la exposición de la fe, de los Patriarcas Ortodoxos de Oriente, acerca de esto, han dicho: “Porque Él previó que algunos utilizarían correctamente su libre voluntad, y otros de mala forma, entonces a aquellos predestinó a la gloria, y a los otros a condenarles”
126 Después de la creación del mundo y del hombre, siguió la actuación directa de Dios hacia el mundo y de manera especial hacia el hombre, a la cual se le da el nombre de la Divina Providencia.
127 La Divina Providencia es la incesante acción del poderío, sabiduría y bondad de Dios, con las cuales Él conserva la existencia y fuerzas de Sus criaturas, dirigiéndolas hacia objetivos buenos, asistiéndolos en cada obra buena; haciéndose presente a través de separar lo bueno de lo malo; suprime o corrige dirigiendo hacia el bien, produciendo buenos resultados.
128 Sobre la Divina Providencia el mismo Señor Jesucristo, en las Sagradas Escrituras dice: “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mat. 6, 26) En estas palabras, se hace evidente la Divina Providencia sobre todas las criaturas y especialmente sobre el hombre. El salmo 90 es una muestra de la abundancia y destacada Divina Providencia sobre el hombre.
ACERCA DEL SEGUNDO ARTICULO DEL SIMBOLO DE LA FE
129 “Y en un sólo Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, nacido del
Padre antes de todos los siglos, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero,
nacido, no creado, consustancial con el Padre, por quien todo fue hecho”
En el
nombre “Jesucristo, Hijo de Dios”, la
expresión Hijo de Dios se refiere a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad
respecto a Su Divinidad. Jesús fue
llamado Hijo de Dios cuando nació en la tierra como hombre. Cristo lo llamaron los profetas cuando
aún estaban en la espera de su llegada a la tierra.
130 El nombre Jesús
significa: “Salvador”. Este nombre fue dado por el Arcángel Gabriel.
131 Este nombre fue
dado al Hijo de Dios en su nacimiento, en la tierra, pues él nació para salvar
a la humanidad.
132 El nombre “Cristo”
significa “Ungido” Esta viene de la unción con el Santo Oleo, a través
del cual son dados los dones de la gracia del Espíritu Santo.
133 No sólo a Jesús,
el Hijo de Dios, se le llama “El Ungido” Desde tiempos antiguos se
llamaban “ungidos” a los Reyes, Sumo sacerdotes y a los Profetas.
134 A Jesús, el Hijo de Dios, se le llama
“Ungido” porque a su naturaleza humana se le comunicaron, grandemente, todos
los dones del Espíritu Santo. En este sentido a Él se le comunicó en un alto
grado la visión de los profetas, la santidad del Sumo sacerdote y el poder del
Rey.
135 A Jesucristo
se le llama Señor en el sentido de que Él es el Dios Verdadero, y uno de
los nombres de Dios, es “Señor”.
136 Acerca de la
Divinidad de Jesucristo, el Hijo de Dios, las Sagradas Escrituras dicen: “En el principio era la Palabra, y la
Palabra era con Dios, y la Palabra era Dios” (Juan 1,1)
137 A Jesucristo se le denomina Hijo de Dios Unigénito.
Con ello se afirma que Él es el único Hijo de Dios, nacido de la Esencia de
Dios Padre y por tanto es de la misma esencia de Dios Padre y consecuentemente
sin comparación alguna, superior, a todos los santos ángeles y a todos los
santos, los cuales son llamados hijos de Dios por la Gracia. (“Mas a
todos los que le recibieron, a los que creen en Su Nombre, les dio potestad de
ser hechos hijos de Dios”(Juan 1, 12))
138 Las Sagradas
Escrituras llaman a Jesucristo el Unigénito. Por ejemplo en la
siguiente expresión del Santo Evangelista Juan: “La Palabra fue hecha carne, y habitó entre nosotros y vimos su gloria,
gloria como del Unigénito del Padre,
lleno de gracia y de verdad (Juan 1, 14) A Dios nadie lo vio jamás; el Unigénito Hijo, que está en el seno del
Padre, Él le ha dado a conocer” (Juan 1, 18)
139 En el Símbolo de la
Fe, acerca del Hijo de Dios se dice
también que Él nació del Padre. Con ello se señala la propiedad que lo
distingue de las otras Personas de la Santa Trinidad.
140 Se dice también que
Él nació antes de todos los siglos, para que nadie piense que hubo un tiempo en
el cuál Él no existía. Al contrario, con ello se subraya que Jesucristo
es también Eterno Hijo de Dios,
como Eterno es Dios Padre.
141 La expresión, del
Símbolo de la Fe, “Luz de Luz” al igual
que la luz visible de alguna manera explica el incomprensible nacimiento del
Hijo de Dios, del Padre. Al mirar al sol, vemos su luz, de esta luz nace luz,
la cual es vista en todo el mundo, pero una y otra son la misma luz,
indivisible, de la misma naturaleza. De manera similar Dios Padre es la Luz
Eterna (1 Juan 1, 5), de Él nace el Hijo de Dios que es la misma Luz
eterna, indivisible, de la misma naturaleza Divina.[1]
142 La expresión del
Símbolo de la fe: Dios Verdadero de Dios Verdadero significa que el Hijo de Dios
es también Dios, en el mismo verdadero sentido que Dios Padre.
143 Las expresiones
anteriores son tomadas de las Sagradas Escrituras, específicamente de la
primera carta de Apóstol Juan el Teólogo: “Sabemos
que el hijo de Dios ha venido, y nos ha dado luz y entendimiento para que
conozcamos a Dios verdadero, y estemos en Su verdadero Hijo, Jesucristo. Este es
el Verdadero Dios y la Vida Eterna” (1 Juan 5, 20)
144 También se dice en
el Símbolo de la Fe que el Hijo de Dios “nació”
y “no es creado” Esto fue
escrito para denunciar la herejía de Arrio, el cual perversamente enseñaba que
el Hijo de Dios era creado.[2]
145 La expresión “Consubstancial
al Padre” significa que el Hijo de Dios es de la misma única Esencia
Divina de Dios Padre.
146 En la Sagradas
Escrituras, el mismo Señor Jesucristo dice sobre sí mismo y sobre Dios Padre: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10,30)
147 Las Palabras, “Por Quien fueron hechas todas las cosas”,
del Símbolo de la Fe, muestran que Dios Padre todo lo creó a través de Su Hijo,
Su sabiduría eterna y Palabra Eterna. “Todas
las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue
hecho” (Juan 1,3)[3]
SOBRE EL TERCER ARTICULO DEL SIMBOLO DE LA FE
148 “Descendió de los Cielos” dice el Símbolo de la Fe acerca del Hijo de Dios.
149 Se dice: “Dios
descendió de los Cielos”, -aunque Él como Dios, está en todas partes, entonces
se encuentra en todo tiempo tanto en el Cielo como en la tierra; pero en la
tierra el anteriormente era invisible y después apareció en la carne; en este
sentido se dice que El descendió de los cielos.
150 Sobre esto se habla
en las Sagradas Escrituras y al respecto, el mismo Señor Jesucristo dice: “Nadie subió al cielo, sino el que descendió
del cielo: el Hijo del Hombre que está en el cielo” (Juan 3, 13)
151 El Hijo de Dios
descendió de los Cielos por causa del
hombre, por causa de nuestra
salvación, tal y como se dice en el Símbolo de la Fe.
152 Se dice que el Hijo
de Dios descendió de los cielos por nosotros los hombres, en el sentido de que
Él vino a la tierra no para algún pueblo en especial o para algunas personas,
sino para la salvación de todos nosotros, de todas las personas en general.
153 ¿A salvarnos de qué
vino el Hijo de Dios a la Tierra? El Hijo de Dios vino a la tierra a salvar a
los hombres del pecado, de las maldiciones y de la muerte.
154 EL PECADO. Es la
transgresión de la Ley. “El pecado es
infracción de la ley” (1Juan 3, 4)
155 El pecado entró en
el hombre (a pesar de que éste fue creado a la imagen de Dios, y Dios no peca)
por el diablo. “El que practica el pecado
es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el
Hijo de Dios, para deshacer las obras del Diablo.”(1Juan 3, 8)
156 El pecado pasó del
diablo al hombre, cuando aquél sedujo a Eva y a Adán y los indujo a transgredir
el mandato de Dios.
157 Dios ordenó a Adán,
en el paraíso, no comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del
mal, y para ello le dijo que en cuanto comiera de él, entonces moriría.
158 Para el hombre el
hecho de comer el fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal sería
mortal porque ello estaba íntimamente ligado con la desobediencia de la
voluntad de Dios. En este sentido, la desobediencia separaría al hombre de Dios
y de Su Gracia y lo privaría de la vida que es en Dios.
159 El nombre de “el
árbol del conocimiento del bien y el mal” corresponde con su esencia, pues el
hombre a través de este árbol conocería por experiencia propia, sufriéndolo,
todo lo bueno que trae consigo el obedecer la voluntad de Dios, así como
también experimentaría todo lo malo que trae el oponerse a ella.
160 Adán y Eva,
obedecieron al diablo en contrariando la voluntad de Dios. Dios en su bondad,
al crear al hombre le otorgó voluntad, naturalmente
para que de manera voluntaria amara a Dios; pero además le otorgó la libertad, sin embargo el hombre la
utilizó para el mal.
161 El diablo sedujo a
Adán y a Eva de la siguiente manera: Al ver Eva a una serpiente en el Paraíso,
ésta última le aseguró que si el hombre gustaba de los frutos del árbol del
conocimiento del bien y el mal, entonces conocerían al bien y al mal y serían
como Dios. Eva fue seducida por esta promesa y entonces probó el precioso
fruto; Adán también comió, siguiendo el ejemplo de Eva.
162 Del pecado de Adán
vino la maldición y la muerte.
163 LA MALDICION. Es la
condena por el pecado, pronunciada por el recto juicio de Dios y del pecado
pasó el mal a la tierra, en castigo del hombre. Dios dijo a Adán: “Maldita será la tierra por tu causa” (Gén
3, 17)
164 Como consecuencia
del pecado de Adán surgió la doble muerte,
tanto corporal, que sucede cuando el
cuerpo pierde el alma, la cual lo aviva; como espiritual, la cual sucede cuando el alma pierde la Gracia de Dios,
la cual la mantiene viva en la más elevada vida espiritual.
165 El alma puede
morir, pero no de la forma en que muere el cuerpo. El cuerpo cuando muere
pierde el sentido y se destruye, mientras que el alma al morir, por causa del
pecado, pierde la luz espiritual, la alegría y la bienaventuranza, pero no se
descompone y no se destruye, sino que permanece en un estado de oscuridad, de
pena y sufrimiento.
166 No solo murieron
las primeras personas, sino que todos morimos, puesto que todos nacimos de Adán,
infectados por el pecado, y puesto que nosotros mismos pecamos. Como de una
fuente infectada fluyen corrientes infectadas, así de los antepasados,
infectados por el pecado y por tanto infectados con la muerte, proviene el
veneno del pecado y también la muerte de toda la descendencia.
167 Las Sagradas
Escrituras, al respecto dicen: “Por
tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la
muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rom
5, 12)
168 Los frutos del árbol
de la vida ya no fueron benéficos para el hombre una vez que éste pecó. Después
del pecado él ya no pudo más comer de aquél puesto que fue expulsado del Paraíso.
169 Cuando los primeros
hombres confesaron ante Dios sus pecados, entonces Dios por su misericordia le dio
la esperanza de la salvación.
170 Esta esperanza
consistió en la promesa de Dios de que “La
simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente” (Gén 3, 15)
171 Esto significa, que
el Señor Jesucristo vencería al diablo, que había seducido al hombre, y lo
liberaría del pecado, de la maldición y de la muerte.
172 El Señor Jesucristo es llamado: “La Simiente de la Mujer” porque nacería
en la tierra de la Santísima Virgen María
sin necesidad de hombre.
173 EL BENEFICIO de esta
promesa fue tal que el hombre podría salvíficamente creer en el Salvador por
venir, de la misma manera en que nosotros creemos que el Salvador ha venido.
174 Algunas personas en
la antigüedad creían en la venida del Salvador, pero la mayoría de ellos se habían
olvidado de la promesa de Dios acerca del Salvador.
175 Dios continuamente nos
recordó esta promesa. Por ejemplo a Abraham le dio la promesa de un Salvador
con las siguientes palabras: “En tu
simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste
a mi voz” (Gen. 22,18) La misma promesa la repitió más tarde al profeta
David de la siguiente manera: “Yo
levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas,
y afirmaré Su reino” (2Sam 7, 12-13)
176 La palabra “Encarnación” tiene implícito que el
Hijo de Dios tomó para sí cuerpo humano, a excepción del pecado y se hizo
hombre, sin dejar de ser Dios.
177 La palabra encarnación es tomada de las palabras
del Evangelista Juan: “La Palabra se hizo
carne” (Juan 1, 14)
178 En el Símbolo de la
Fe se dice del Hijo de Dios que se encarnó y además se agrega que se hizo hombre. Esto se hizo así para
que nadie pensara que el Hijo de Dios adquirió un cuerpo, sino que reconociera
en Él a un Perfecto Hombre,
constituido de cuerpo y alma.
179 Acerca de esto da
testimonio la Sagrada Escritura. El Apóstol Pablo escribe: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres,
Jesucristo hombre” (1 Tim 2, 5)
180 En el Señor
Jesucristo no hay sólo una naturaleza. En Él se encuentran, sin división, y sin
confusión dos naturalezas, tanto la naturaleza Divina como la naturaleza humana
y correspondientemente a estas naturalezas, dos voluntades.
181 Y no se trata de
dos personas sino de una sola. Dios y Hombre juntos. En una palabra: Dioshombre.
182 En las Sagradas
Escrituras, acerca de la Encarnación del Hijo de Dios del Espíritu Santo y de
María Virgen nos narra el evangelista Lucas.
“Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será
esto? Pues no conozco varón. Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo
vendrá sobre ti, y el Poder del Altísimo te cubrirá con Su sombra, por lo cual
también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.” (Luc 1,34-35)
[1] “…el Hijo verdaderamente es “Luz de Luz”,
Verdadero Dios de Dios Verdadero” Pues Dios es Luz, y el nacido de Él debe ser
Luz. Y Dios es Verdadero Dios, y entonces el nacido de Él debe ser Verdadero
Dios. Sabemos por el orden de la creación que lo que nace debe ser
esencialmente igual a lo que le dio a luz. Si uno viene del mismo ser de otro,
debe ser entonces lo mismo. No puede ser esencialmente diferente. Así, humanos
dan a luz humanos, y pájaros a pájaros, peces a peces, flores a flores.
Entonces, si Dios, en la sobreabundante plenitud y perfección de Su Ser Divino
dio a luz a un Hijo, el Hijo debe ser igual al Padre en todo, excepto, por su
puesto, en el hecho de que es el Hijo y no el Padre.”
Doctrina Ortodoxa. Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa
Antioquena en México. Primera Edición. México 1997 Pp. 88-89
Nota del Traductor.
[2] “…Todo lo que existe aparte de Dios es creado
por Él: todas las cosas visibles e invisibles. Pero el Hijo de Dios no es una
creatura. No fue creado o hecho por Él. El Hijo fue nacido, engendrado,
generado del mismo ser y naturaleza del Padre. Pertenece a la misma naturaleza
de Dios —a Dios como Dios— según la Divina Revelación tal cual fue entendida en
la Tradición Ortodoxa, que Dios es un Padre Eterno por naturaleza, y que debe
tener siempre con Él a su Hijo Eterno, No Creado. Tiene la misma naturaleza de Dios
el que de Dios nació, y así, Él es verdadera y perfectamente Divino. Posee la
misma naturaleza divina de Dios que no está eternamente solo en Su Divinidad,
sino que Su mismo Ser como Amor y Bondad debe naturalmente “sobreabundar” u
“reproducirse” en la generación de un Hijo Divino: el “Hijo de Su amor”, como
lo ha llamado el Apóstol San Pablo (Col. 1:13) Así hay un abismo entre lo
creado y lo no creado, entre Dios y todo lo que Dios ha hecho de la nada. El
Hijo de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, no es creado. No fue
hecho de la nada. Fue engendrado eternamente del Ser Divino del Padre. No
existe un abismo entre Dios y el Hijo de Dios” Ibídem Pp.89-90
[3] “…El Padre es el Creador del Cielo y
de la Tierra, de todas las cosas visibles e invisibles. Y en el acto de la
creación, como confesamos en el Símbolo de la Fe, el Hijo es aquél por Quien fueron hechas todas las cosas. El
hijo actúa en la creación como el que cumple la Voluntad del Padre. El acto
divino de la creación, y toda acción hacia el mundo, como la revelación, la
salvación y glorificación, se hace por la Voluntad del Padre y es cumplida por
el Hijo (luego hablaremos del Espíritu Santo) en una idéntica acción divina.
Así tenemos el relato del Génesis de cómo Dios crea mediante su Verbo (Palabra)
Divino (“…y dijo Dios…”); y en el Evangelio de San Juan la siguiente revelación
específica: “Este (la Palabra –el Hijo) estaba en el principio con Dios (el
Padre). Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido
hecho, fue hecho” (Juan 1: 2-3). Esta también es la doctrina de San Pablo: “…Porque
en Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay
en la tierra, visibles e invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los
Principados, las Potestades; todo fue creado por medio de Él y para Él. Y Él es
antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten” (Col. 1:16-17)
Así, se confiesa al Eterno Hijo de Dios como aquél “por Quien fueron hechas
todas las cosas” (Hebreos 1:2; 2:10; Romanos 11:35) Ibíd. P.p. 91-92
[1] El Primer Concilio Ecuménico
fue convocado en el año 325 por el emperador Constantino el Grande por pedido
de muchos obispos, en particular San Osías de Córdoba, a causa de la herejía de
Arrio. El Concilio tuvo lugar en Nicea, ciudad principal de Bitinia. Fue
presenciado por 318 padres. Los más importantes fueron Alejandro, obispo de
Alejandría; Eustafio, obispo de Antioquia; y Macario, obispo de Jerusalén. Roma
estaba representada por dos legados del obispo Silvestre, de Roma. Participaron
del Concilio hombres santos enaltecidos por sus esfuerzos: Nicolás de Mira en
Lycia, Spiridón Trimifunski, Pafnutio de Tebaida, Osías de Córdoba, y otros.
Entre los clérigos que acompañaron a los obispos, se destacó especialmente San
Atanasio el Grande, joven diácono de la Iglesia de Alejandría, por su
elocuencia y conocimientos teológicos. Arrio enseñaba que Jesucristo no era
unisubstancial con el Padre, sino fue creado por Él, y con ello deformaba la
doctrina de la Santísima Trinidad. El concilio condenó categóricamente esta
herejía, compuso el Símbolo de la Fe, que expresa la doctrina ortodoxa, y
promulgó 20 reglas.
1.
Si alguien en enfermedad es privado de sus miembros por los médicos, o es
castrado por los bárbaros, que permanezca en el clero. Si, por el contrario, estando
sano, se castra a sí mismo: aunque pertenezca al clero, debe ser destituido y a
partir de este momento no se debe ordenar a tales. Pero del mismo modo que
evidentemente esto es dicho sobre aquellos que actúan por voluntad propia, y
que osaron castrarse a sí mismos, por el contrario, si alguno fuere castrado
por los bárbaros o por su señor, pero son considerados dignos, la regla permite
que éstos sean miembros del clero (Regla Apostólica 21).
Ver
Reglas Apostólicas 21, 22, 23 y 24. II de Constantinopla 8.
2. Por necesidad o por otros motivos humanos,
ocurrieron muchas cosas que no se condicen con las reglas eclesiales. Por
ejemplo, personas de vida pagana que se acercaron a la fe recientemente, y que
habiendo sido catecúmenos por poco tiempo fueron conducidos a la pila bautismal
con prontitud; e inmediatamente después del bautismo fueron elevados al rango
de obispos o presbíteros. Por ello, bien se reconoce que esto no ocurra en
adelante, porque un catecúmeno necesita tiempo; y después del bautismo, una
prueba ulterior. Porque son claras las escrituras Apostólicas que dicen: y no
debe ser un hombre recientemente bautizado, para que no se enorgullezca y no
incurra en la misma condenación que el demonio (Timoteo 3:6). Si con el
transcurso del tiempo se encuentra algún pecado del alma en alguna persona, y
es descubierto por dos o más testigos: que sea destituido del clero. Quien
actúa en contra de esto osa oponerse al gran Concilio y corre el riesgo de ser
destituido del clero.
Preocupándose
por una jerarquía fiel a la Iglesia, el Concilio Ecuménico desarrolla en la
segunda regla la idea expresada por el Santo Apóstol Pablo en su Primer
Epístola a Timoteo (3:6) sobre la necesidad de probar cuidadosamente a un
recién bautizado antes de que pueda ser recibido en el clero. El “pecado del
alma” que se menciona en esta regla, no es comprendido de igual manera por
todos los exegetas. Balsamon supone, que todo pecado que daña el alma, se
denomina del alma, tenga su origen en un impulso del alma o del cuerpo. Pero,
lo más importante es el peligro mencionado en la regla de que se desarrolle el
orgullo, que puede llevar a crease falsas ilusiones o a prelest. Tal pecado del
alma a veces se manifiesta externamente y por ello puede ser descubierto por
dos testigos. Ver Reglas Apostólicas 80; VII Ecuménico 2; Neocesárea 12;
Laodicea 3 y 12; Cerdeña 10; II de Constantinopla 17; San Cirilo de Alejandría
4.
3. El gran Concilio, sin excepción, determinó
que ningún obispo, ni presbítero, ni diácono, ni ningún miembro del clero,
puede convivir en su casa con una mujer, salvo que sea su madre, hermana, tía o
una persona que sea ajena a toda sospecha.
El objetivo de esta regla es cuidar al
servidor del orden sagrado de toda sospecha, por lo que se debe aplicar la
prohibición que menciona a aquellos presbíteros, diáconos o hipodiáconos que no
tienen esposa, porque la presencia de la esposa junto con el esposo descarta
toda sospecha de otra mujer que viva en presencia de la esposa. La causa de que
se dictara esta regla fue la propuesta de algunos padres de incorporar la
prohibición de casarse a todos los clérigos, desde el hipodiácono hacia arriba.
El famoso luchador espiritual, el obispo Pafnutio de Tebaida, se levantó en
contra de esto, e insistió en que el matrimonio es santo y el lecho sin mancha,
y por ello no se debe hacer recaer sobre los clérigos una carga difícil de
llevar. Pero para cuidar de toda sospecha a los clérigos que viven solos, el
Concilio determinó la presente regla, que prohíbe a todo obispo, presbítero o diácono
que permita a una mujer vivir en su hogar, ya que puede atraer la sospecha de
su prójimo. Ver VI Ecuménico 5; VII Ecuménico 18 y 22; Cartago 47; San Basilio
el Grande 88.
4. Lo más correcto es que un obispo sea
ordenado por todos los obispos de esa región. Si eso es difícil, por alguna
necesidad o por la lejanía, entonces deben reunirse por lo menos tres obispos y
los ausentes que presten su consentimiento por medio de cartas y entonces que
se lleve a cabo la ordenación. Corresponde al metropolitano de cada región
ratificar tales actos.
El primer Canon Apostólico menciona que la
ordenación de un obispo puede ser realizada por dos o tres obispos. La presente
regla se refiere a la elección de un nuevo obispo, de la que deben participar
todos los obispos de la región. Aquellos que no pueden hacerse presentes al
Concilio personalmente– para el cual se establece un quórum mínimo de tres
obispos – deben emitir su consentimiento por escrito para la elección del
candidato propuesto. La decisión de los obispos debe ser ratificada por el
metropolitano. Ver Reglas Apostólicas 1; VII Ecuménico 3; Antioquia 19;
Laodicea 12; Cerdeña 6; Cartago 13, 60, 61.
5. Con respecto a los clérigos o fieles que
fueron alejados de la comunión con la Iglesia por los obispos de cada diócesis,
se debe respetar la regla (Apostólica 32), que establece que los excomulgados
por unos no sean recibidos por otros. Pero se debe examinar si no fueron
excomulgados por pusilanimidad o querella o alguna inconformidad similar del
obispo. Por ello, para que se pueda examinar correctamente, fue bien
establecido que en cada región se reúna un concilio dos veces al año, para que
todos los obispos de la región en conjunto examinen tales resoluciones. De esta
manera, los que resulten tener culpa en contra del obispo, deben ser
reconocidos por todos como indignos de comunión con fundamentos, hasta que la
reunión de los obispos decida tomar con respecto a ellos una decisión más
benigna. Los concilios deben reunirse, uno durante la Gran Cuaresma, para que
después de que cese toda inconformidad se haga una ofrenda pura a Dios; y el
otro cerca del tiempo otoñal.
Ver
Reglas Apostólicas 12, 13, 15, 16, 32, 33, 34 y 37; IV Ecuménico 19; VII
Ecuménico 6; Antioquia 6, 20; Cerdeña 13; Cartago 38; Соф.1.
6. Que se cumplan las antiguas costumbres
adoptadas en Egipto, en Libia y en Pentápolis, que permiten que el obispo de
Alejandría tenga poder sobre todas ellas. Porque también el obispo de Roma
tiene esta costumbre, al igual que en Antioquia y en otras regiones se guarda
la superioridad de las Iglesias. En general que sea conocido que si alguien,
sin el permiso del metropolitano es ordenado obispo, el gran Concilio determina
que éste no debe serlo. Si una elección realizada por todos los obispos es
bendita y de acuerdo con la regla eclesiástica, pero dos o tres se oponen por
discrepancias personales, que prevalezca la opinión de la mayoría de los
electores.
La
importancia de esta regla radica en que determina el cumplimiento de los
privilegios y la superioridad de las antiguas cátedras que luego fueron
patriarcales. En el IV Concilio Ecuménico, Pascasio, representante de Roma,
intentó citar esta regla deformada en la parte en la que se menciona al obispo
de Roma. Inmediatamente le dieron una respuesta categórica y le presentaron
como fundamento la regla en su redacción antigua, que es la que incluimos en
nuestro Libro de Cánones. Con respecto a la preeminencia de las Iglesias tienen
mucho significado las decisiones de los Concilios subsiguientes. La presente
regla establece el principio de los límites firmes de las Iglesias y la
necesidad del acuerdo del Primer Jerarca para toda ordenación de un obispo en
su región. Ver Reglas Apostólicas 34; I Ecuménico 4; II Ecuménico 2 y 3; III
Ecuménico 8; IV Ecuménico 28; VI Ecuménico 36; Antioquia 9 y 19; Cartago 13.
7. Por tanto se afirmó la costumbre y la
antigua tradición de honrar al obispo de Aelia (Jerusalén), que se lo siga
honrando y que conserve su dignidad de Metropolitano.
Aelia,
mencionada en esta regla es Aelia Capitolina, la ciudad construida sobre las
ruinas de Jerusalén. De esta manera, ella establece la dignidad de la cátedra
de Jerusalén.
8. Acerca de los que antes se llamaban a sí
mismos puros, pero que se acercan a la Iglesia Católica y Apostólica, plugo al
santo y grande Concilio que, puesto que recibieron la imposición de manos,
permanezcan en el clero. Pero ante todo conviene que confiesen por escrito que
aceptarán y seguirán los decretos de la Iglesia Católica y Apostólica, es
decir, que no negarán la reconciliación a los desposados en segundas nupcias y
a los caídos en la persecución, para quienes está establecido el tiempo de
arrepentimiento y el plazo de perdón está designado. Es necesario que los así
llamados “puros” cumplan en todo lo establecido por la Iglesia Católica.
Entonces, en todo pueblo o ciudad donde todo el clero resulte ser ordenado sólo
de entre ellos, que mantengan su jerarquía. Si allí donde hay un obispo de la
Iglesia Católica, algunos de ellos se unen a la Iglesia, es evidente que el
obispo de la Iglesia Ortodoxa tendrá la jerarquía obispal, y los llamados
obispos de entre los “puros”, que tengan la jerarquía de un presbítero, salvo
que el obispo local decida que éstos participen de la dignidad obispal. Si el
obispo no considera esto correcto, que cree para él un lugar de corepíscopo o
de presbítero para incorporarlo visiblemente al clero: que no haya dos obispos
en una misma ciudad.
Puros
o cátaros era el nombre que se daba los cismáticos, seguidores de Novato,
presbítero de la Iglesia de Cartago, y de Novaciano, presbítero de la Iglesia
de Roma, en el siglo III. Ellos insistían en ser extremadamente estrictos, y no
permitían el ingreso a la Iglesia de aquellos que habían caído durante las
persecuciones, sin importar cuánto se arrepintieran. También excomulgaban a las
viudas que se unieran en nuevas nupcias. Los novacianos manifestaban un
fanatismo extremo. Cuando este fanatismo
empezó a ser superado, y se determinó un movimiento hacia la unión con la
Iglesia, entonces ésta última los trató con una gran condescendencia, a
condición de que renieguen de sus antiguos errores. El Concilio Ecuménico
permite recibir a los obispos y clérigos en su dignidad, pero no necesariamente
en su posición anterior. Se les permite permanecer en su dignidad con todos los
derechos jerárquicos, pero pueden ocupar otra posición allí donde existen
obispos y sacerdotes ortodoxos. En esos lugares, dependía del obispo ortodoxo
si el obispo novaciano retenía su cátedra como corepíscopo (especie de obispo
auxiliar) o si ocupaba la posición de superior de una parroquia. Ver Reglas
Apostólicas 68; II Ecuménico 7; VI Ecuménico 95; Laodicea 7 y 8; Cartago 57,
68, 77, 80, 112; San Basilio el Grande 1 y 47; San Teófilo de Alejandría
12.
9. Si alguno es elevado a la jerarquía de
presbítero sin ser probado, o a pesar de que al ser probado confiesa sus
pecados, pero luego de su confesión se actúa en contra de la regla y se le
imponen las manos: a éstos la regla (Regla Apostólica 25) no les permite
acercarse al servicio sagrado. Ya que la Iglesia Católica indefectiblemente
exige pureza (I Timoteo 3:2).
La
importancia de esta regla radica en que nadie puede ser recibido al clero sin
ser probado. Pero, si como consecuencia de ello, o a pesar de que se lo haya
probado, resulta ser ordenado como miembro del clero un hombre que tiene para
ello obstáculos canónicos, entonces las reglas no le permiten oficiar. En
particular, la regla 10 lo relaciona con los “caídos”, es decir, aquellos que
no soportaron las persecuciones y renegaron de la fe. Ver Reglas Apostólicas
61; I Ecuménico 2 y 10; Neocesárea 9 y 10; II de Constantinopla 17; San Basilio
el Grande 89; San Teófilo de Alejandría 3, 5 y 6.
10.
Si alguno de los caídos es incorporado al clero – por ignorancia, o con
conocimiento de quienes los ordenan – ello no debilita la fuerza de la regla
eclesiástica. Ya que luego de la investigación, deben ser destituidos del orden
sagrado.
Esta
regla está íntimamente relacionada con la regla anterior. Los caídos son
aquellos quienes no soportaron las persecuciones. Ver Reglas Apostólicas 62;
Ancira 1, 2, 3, 4, 9 y 12; San Pedro de Alejandría 10; San Basilio el Grande
73; San Gregorio de Nisa 2.
11.
Para quienes renegaron de la fe, no por la fuerza o por que le fueron quitados
sus bienes, o por peligro o algo similar, como ocurrió durante las
persecuciones de Licinio; el Concilio determinó que aunque no son dignos de
amor, se debe ser misericordiosos con ellos. Aquellos que se arrepientan
sinceramente, que permanezcan durante tres años entre quienes escuchan la
lectura de las Escrituras, como los fieles, y que se arrodillen siete años en
la iglesia pidiendo perdón, que participen de las oraciones dos años con el
pueblo, salvo de la comunión de los Santos Misterios.
En
la Iglesia antigua existían cuatro grados de arrepentimiento: 1. Los llorantes
permanecían de pie a la entrada en el templo y pedían a quienes entraban sus
oraciones llorando. 2. Los oyentes estaban en el atrio y permanecían allí hasta
la oración por los catecúmenos, luego se retiraban del templo. 3. Los
sucumbientes estaban con los fieles en la parte occidental del ambón de
rodillas y debían salir del templo después de la oración por los catecúmenos.
4. Los consistentes, estaban con los fieles hasta el final del oficio, pero no
se les permitía comulgar. La persecución de Licinio finalizó varios años antes
del I Concilio Ecuménico. Dicha persecución había sido particularmente cruel.
En esta regla se manifiesta una condescendencia especial para con los caídos.
Ver Reglas Apostólicas 62; I Ecuménico 12, 13 y 14; Ancira 4, 5, 6, 7, 8, 9;
Laodicea 2; Cartago 52; San Pedro de Alejandría 2 y 3; San Gregorio de
Neocesárea 12; San Basilio el Grande 73, 81; San Gregorio de Nisa 2.
12.
Algunos fueron llamados por la gracia a confesar la fe y demostraron un primer
impulso de celo dejando de lado los cinturones militares, pero luego, cual
perros volvieron a su vómito, de manera tal que algunos hasta han utilizado
plata, y por medio de presentes lograron la restitución en el rango militar.
Que tales se arrodillen en el templo durante diez años pidiendo perdón, luego
de haber escuchado las Escrituras desde el atrio por tres años. Para todos ellos
se debe tomar en consideración su ánimo y arrepentimiento, ya que a aquellos
que demuestran la obra de su conversión, no meramente de manera externa, sino
con temor, lágrimas, paciencia y buenas acciones, es correcto recibirlos en la
común unión en oración luego de un cierto período de haber permanecido como
oyentes. Hasta le es lícito al obispo demostrar amor para con ellos. Pero
aquellos que sobrellevaron su caída con indiferencia, y consideraron que su
entrada a la iglesia fue suficiente para la conversión, que cumplan el tiempo
completo de arrepentimiento.
La presente regla considera a los soldados
cristianos, quienes en un principio se alejaron del servicio militar por no
aceptar cumplir con los ritos paganos, pero luego, al reinar Licinio,
adversario de Constantino el Grande, volvieron al ejército, lo que significaba
volver al paganismo. En esta regla son notables los amplios poderes otorgados
al obispo de suavizar la pena general indicada, tomando en consideración el
ánimo y la profundidad del arrepentimiento de quienes habían renegado. Ver VI
Ecuménico 102; Ancira 2, 5, 7; San Basilio el Grande 74 y 84; San Gregorio de
Nisa 2, 4 y 5.
13. Acerca de los que están por partir de este
mundo, se guardará también ahora la antigua ley canónica, a saber: que si
alguno va a partir de este mundo, no se le prive del último y más necesario
viático. Pero si después de estar por morir y haber obtenido la comunión,
nuevamente volviere entre los vivos, que se ubique entre los que sólo
participan de la oración. Más aun, cualquiera que esté moribundo, si pide
participar de la Eucaristía, que el obispo le imparta los Santos Dones después
de examinarlo.
Ver Reglas Apostólicas 52; Ancira 6 y 22;
Neocesárea 2; San Basilio el Grande 73;
San Gregorio de Nisa 2 y 5.
14. Con respecto a los caídos de entre los
catecúmenos, plugo el santo y gran Concilio, que permanezcan tres años sólo
entre los que escuchan las Escrituras, y luego que oren con los catecúmenos.
Como
los catecúmenos sólo se preparan para el bautismo, pero todavía no se han unido
a la Iglesia, son menos responsables que los cristianos cuando caen, y por ello
el Concilio Ecuménico les aplica una medida mucho más benigna de corrección:
los coloca durante tres años con los oyentes (ver explicación de la regla 11 del
I Concilio Ecuménico), y luego los devuelve a la categoría de catecúmenos. Ver
Neocesárea 5; San Basilio el Grande 20.
15. A causa de los muchos disturbios y
confusiones ocurridos, se tuvo a bien suspender por completo la costumbre
contraria a las reglas apostólicas que se observó en ciertos lugares: que no se
traslade de una ciudad a otra ni un obispo, ni un presbítero, ni un diácono. Si
alguien, luego de esta determinación del santo y gran Concilio, realiza algo
semejante o permite que lo realicen consigo: que tal decisión sea totalmente
inválida y que quien se trasladó sea devuelto a la iglesia en la cual fue
ordenado obispo, presbítero o diácono.
Esta
regla considera el traslado por voluntad propia. Ver Reglas Apostólicas 14 y 15
y las reglas paralelas indicadas allí.
16. Si algún presbítero, diácono o cualquier
miembro del clero, imprudentemente, sin temor de Dios delante de sus ojos y por
no conocer la regla eclesiástica (regla Apostólica 15), se aleja de su iglesia,
que a partir de ahora no sea recibido en otra iglesia. Se debe utilizar en su
contra todo tipo de coacción para que retorne a su parroquia, y si permanece
obstinado corresponde que permanezca ajeno a la común unión. De igual manera,
si alguien osa apropiarse de alguien que le corresponde a otro, y lo ordena en
su iglesia sin el consentimiento del obispo del cual se alejó el ordenado al
clero, que sea considerada inválida la
ordenación.
Ver
explicación a las Reglas Apostólicas 15 y 16
y las reglas paralelas indicadas allí.
17. En tanto y en cuanto muchos de los
miembros del clero, cayeron en la codicia y la exacción, y olvidaron las
palabras de las Sagradas Escrituras que dicen: no entregues su dinero en usura
(Salmo 14:5), entregando en préstamo exigen en cien veces más, plugo al santo y
gran Concilio, que luego de esta determinación a quien se encuentre obteniendo
ganancia de lo dado en préstamo, o explotando esta cuestión de otra manera, o
exigiendo comisión, o fabulando alguna otra cosa por la vergonzosa codicia, que
tal sea destituido del clero y ajeno a todo orden sagrado.
Ver
explicación a la regla Apostólica 44 y las reglas paralelas indicadas allí.
18. Llegó a conocimiento del santo y gran
Concilio que en algunos lugares y ciudades, los diáconos imparten la eucaristía
a los presbíteros, cuando ni la regla ni la costumbre dictan que quienes no
tienen poder para ofrecer la Eucaristía entreguen el cuerpo de Cristo a quienes
lo tienen. También fue conocido que algunos de los diáconos y antiguos obispos
tocan la Eucaristía. Que todo esto cese: que los diáconos ocupen su lugar,
sabiendo que ellos son sólo servidores del obispo e inferiores a los
presbíteros. Que reciban la Eucaristía por orden, después de los presbíteros, y
que les sea entregada por un obispo o presbítero. Los diáconos no pueden
sentarse entre los presbíteros, ya que ello no corresponde ni a la regla ni al
rito. Si después de esta determinación alguien demuestra desobediencia, que
cese en su diaconado.
En
la Iglesia antigua los diáconos eran los ayudantes de los obispos en asuntos
administrativos. Ellos tenían, en especial en Occidente, una posición de tanta
influencia que a menudo eran irrespetuosos para con los presbíteros. El
profesor Bolotov escribe: “En principio los diáconos no podían estar sentados
delante de los presbíteros, pero Jerónimo conoció a diáconos que no sólo
permanecían sentados delante de los sacerdotes, sino que les daban la
bendición” (Lecciones de Historia de la Iglesia Antigua, SPB 1913, 3, págs.
164-165). El Primer Concilio Ecuménico, en su regla 18, coloca a los diáconos
en el lugar que les corresponde según su dignidad en la Iglesia. Ver VI
Ecuménico 7 y 16; Laodicea 20.
19.
Sobre los que fueron paulinianos y luego se refugiaron en la Iglesia Católica,
se promulgó el decreto que sean rebautizados sin excepción. Si aquellos que en
el tiempo pasado pertenecieron al clero, fueron irreprochables e
irreprensibles, después de rebautizados, impónganseles las manos por el obispo
de la Iglesia Católica. Si al examinarlos se reconoce que son incapaces para el
sacerdocio, corresponde que sean destituidos del orden sagrado. Lo mismo se
aplique en relación con las diaconisas, y en general con los miembros del
clero. Mencionamos aquí aquellas diaconisas que son consideradas tales por su
atuendo, ya que, por otra parte, ellas no tienen ninguna ordenación, y pueden ser consideradas en todo junto con
los fieles.
Se llamaba Paulinianos a los herejes
seguidores de Pablo de Samosata, elegido obispo de Antioquia en el año 261,
pero destituido por el Concilio de Antioquia por su herejía en el año 269.
Pablo de Samosata enseñaba que Cristo fue sólo un hombre, quien comenzó a
existir sólo después de su nacimiento de María. Actuaba en Él la sabiduría
divina y, perfeccionándose a través de Ella, se hizo Hijo de Dios. Pero esa
sabiduría Divina lo abandonó en las horas de la pasión. La regla menciona a las
diaconisas, vírgenes y viudas dedicadas al servicio de la Iglesia con votos de
celibato. Su función principal era preparar a las mujeres para el bautismo.
Cuando cumplían 25 años, los obispos les daban la bendición para usar un
atuendo especial. Pero hasta la edad de 40 años ellas podían permanecer en la
casa de sus padres. Después de los 40 años, el obispo las nombraba diaconisas
del mismo modo que ahora se designa a los miembros del clero, y vivían
apartadas. Las diaconisas “quienes se diferencian por su atuendo” eran las
diaconisas jóvenes aún no designadas, quienes usaban sólo el atuendo de tales.
La institución de las diaconisas existió por poco tiempo. Ver VI Ecuménico 95.
20. Ya que existen algunos que se arrodillan
en el día del Señor y en los días de Pentecostés, para que se cumpla de igual
manera en todas las diócesis, plugo al santo Concilio determinar que ofrezcan
sus oraciones a Dios de pie.
El
Primer Concilio Ecuménico prohíbe arrodillarse el día domingo y en los días de
Pentecostés (desde Pascua hasta la festividad de la Santísima Trinidad). La
regla 91 de San Basilio el Grande da una explicación detallada del significado
de esta determinación. Ver VI Ecuménico 90.
[NOTA
DEL TRADUCTOR. Tomado de: Reglas de los Concilios Ecuménicos. Traducido por
Xenia Sergejew]