martes, 3 de marzo de 2020


CATECISMO DE LA IGLESIA ORTODOXA



CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA DE ORIENTE.


ELABORADO POR EL METROPOLITA FILARET (Drozdov)


REEDICION

2000

  

Traducción del Rev. P. Kirill

IGLESIA ORTODOXA RUSA DEL PATRIARCADO DE MOSCU EN MEXICO


“Lleva contigo un compendio de la saludable Enseñanza

 que me oíste acerca de la fe y el amor, que es en Cristo Jesús”

 (2 Tim. 1, 13) 


INTRODUCCION


CONCEPTOS PRELIMINARES


1. El Catecismo ortodoxo es la instrucción en la fe cristiana ortodoxa, misma que es enseñada a cada cristiano para agradar a Dios y para la salvación del alma.

 2. La palabra catecismo es de origen griego (Каτηχησις) y significa “anuncio”, instrucción oral. El uso de esta palabra desde tiempos apostólicos hace referencia a la instrucción inicial acerca de la fe ortodoxa cristiana; necesaria para cada cristiano.

(“…para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido.” Luc. 1, 4;  “…Este había sido instruido en el camino del Señor…” Hech. 18, 25)

 3 Para agradar a Dios y para la salvación del alma, es necesario, en primer lugar, el conocimiento del verdadero Dios y una correcta fe en Él; en segundo lugar, es necesario vivir de acuerdo a esa fe, así como buenas obras.

 4 La fe es necesaria, pues así lo atestigua la palabra de Dios: “sin fe es imposible agradar a Dios” (Heb. 11, 6)

 5 La fe no debe estar separada de una vida conforme a dicha fe, así como tampoco de las buenas obras. Así lo atestigua la Palabra de Dios: “¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?” (Stgo. 2, 20)

 6 El Santo Apóstol Pablo, explica: “Es pues, la fe, la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Heb. 11, 1) Esto es, la certeza de lo que no se ve, como si lo estuviésemos viendo, de lo que deseamos y esperamos, como si fuese actual.

 7 La diferencia entre lo conocido y la fe, consiste en que lo que se conoce, implica un objeto visible y aprehensible, mientras que la fe –implica lo no visible e inaprehensible. Lo conocido se fundamenta en la experiencia o en la investigación del objeto, y la fe – se basa en la confianza en el testimonio de la verdad. El conocimiento pertenece al campo de la razón, aunque ello puede actuar en el corazón; mientras que la fe pertenece, preferentemente al campo del corazón, aunque comienza en las ideas.

8 En el estudio de la piedad, se requiere no solo de conocimiento, sino también de fe, puesto que el objeto principal de esta enseñanza lo es Dios, Quien es invisible e Incomprensible y la Sabiduría de Dios, es guardada en secreto. Es por ello que muchas partes de esta enseñanza no pueden ser abarcadas a través de la razón, pero pueden ser tomadas por medio de la fe. Al respecto, San Cirilo de Jerusalén dice: Hay un ojo que ilumina a cada conciencia. Esta comunica al hombre. Tal como dice el profeta: “Si vosotros no creyereis, de cierto no permaneceréis” (Is. 7,9)

9 San Cirilo, explica  la necesidad de la fe, de la manera siguiente: “No sólo nosotros, quienes llevamos el nombre de Cristo, honramos la fe grandemente, sino que todo lo que se realiza en el mundo, incluso por personas ajenas a la Iglesia, se hace con fe. La agricultura está basada en la fe, puesto que ¿quién no cree, tiene la fe, en que recogerá los frutos a su tiempo, una vez realizado el trabajo de la siembra? La fe es la que guía de los marineros. Confían su destino a un pedazo de madera, el cual incesantemente se aproxima al peligro de las olas, prefiriendo esto que a la firmeza de la tierra, entregándose a sí mismos a esperanzas desconocidas, teniendo sólo consigo la fe.


ACERCA DE LA REVELACION DIVINA


10 La enseñanza de la fe ortodoxa la obtenemos de la Revelación Divina.

11 Bajo el nombre de “Revelación Divina” abarcamos todo lo que el propio Dios ha revelado a la humanidad, para que esta pueda de manera correcta y salvífica creer en Él y dignamente adorarle.

 12 Dios ha dado la revelación para todos los hombres, pues para todos es necesaria y salvífica. Sin embargo, debido a que no todas las personas tienen la capacidad de recibir directamente la Revelación Divina, ha sido Dios quien ha escogido a justos heraldos, muy especiales mensajeros, de Su Revelación; quienes transmitirían, esta Revelación, a todo aquél deseoso de la misma.

13 No todas las personas tienen la capacidad para recibir de manera directa la Revelación Divina, debido a la impureza del pecado y a la debilidad tanto de alma y cuerpo.

 14 Estos justos heraldos de la Revelación de Dios lo han sido: Adán, Noé, Abraham, Moisés y otros profetas. Ellos recibieron y transmitieron el comienzo de la Revelación de Dios. En plenitud y perfección se recibió en la tierra la Revelación Divina del Hijo de Dios, Encarnado, nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo; la cual se difundió por todos los confines, por medio de sus discípulos y apóstoles.

El Apóstol Pablo, al inicio de su epístola a los Hebreos dice: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y quien asimismo hizo el universo” (Heb. 1, 1-2)

El mismo Apóstol Pablo escribe a los Corintios: “Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria…Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios” (1Cor 2, 7-8, 10)

El Evangelista Juan, escribe en el Evangelio: “A Dios nadie le vio jamás; el Unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer” ( 1, 18)

El propio Señor Jesucristo dice: “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Mt. 11, 27)

 15 El hombre puede conocer a Dios (indagar) a través de la observación de la creación de Dios, pero este conocimiento resulta ser imperfecto e insuficiente y puede ser útil sólo como preparación a la fe, o una ayuda para el conocimiento de Dios y de Su Revelación.

“Porque las cosas invisibles de Él, Su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo,…” (Rom. 1, 20)

“Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en Él vivimos, y nos movemos, y somos, como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje Suyo somos” (Hch. 17, 26-28)

“La fe en Dios es precedida por el razonamiento de que Dios existe; el cual surge a través de la observación de la creación. Considerando diligentemente al mundo creado, sabremos que Dios es Sabio, Todopoderoso, Bueno; conoceremos también todas sus características no visibles. De esta manera también lo conoceremos como El Supremo Soberano. De todo el mundo, creador es Dios, y nosotros formamos parte de ese mundo, en consecuencia, Dios es nuestro creador. Para llegar a este conocimiento, se requiere la fe, y para la fe – reverencia (San Basilio el Grande. Epístola 232)


ACERCA DE LA SAGRADA TRADICION Y LAS SAGRADAS ESCRITURAS.


16 La Revelación Divina se difunde entre la gente y se conserva en la verdadera Iglesia de dos maneras: A través de la Sagrada Tradición y de las Sagradas Escrituras.

17 Bajo el nombre de “Sagrada Tradición” se entiende todo lo que los verdaderos creyentes y adoradores de Dios, de palabra y obra, se transmiten unos a otros;  los antepasados a sus descendientes: La enseñanza de la fe, la Ley de Dios, los Sacramentos y los Ritos sagrados.

 18 Los verdaderos creyentes unidos por la Sagrada Tradición de la fe, colectiva y sucesivamente, por la voluntad de Dios, conforman la Iglesia, la cual es fiel custodia de la Sagrada Tradición, o como lo expresa el Santo Apóstol Pablo: “La Iglesia del Dios vivo, el pilar y fundamento de la verdad” (1 Tim. 3, 15)

San Irineo escribe: “No debemos buscar entre otros la verdad que podemos obtener de la Iglesia. Porque en Ella, en la Iglesia, como si en un cofre en donde se guarda un tesoro, los Apóstoles, plenamente, colocaron todo lo que pertenece a la verdad, de manera que quien lo desee puede tomar de ella el alimento de vida. Ella (la Iglesia) es la puerta de entrada a la vida” (Contra la herejía. Libro 3. Cap. 4)

 19 Llamamos Sagradas Escrituras a los libros, escritos por el Espíritu de Dios, a través de hombres consagrados de Dios, a los que llamamos: profetas y apóstoles. Generalmente a estos libros se les llama “La Biblia”

 20 La palabra “Biblia” es de origen griego (βιβλος) que significa “Libros” Bajo este nombre se expresa que los libros Sagrados tienen un lugar preferente ante cualquiera otros que merezcan alguna atención.

21 La primera y más antigua manera de difundir la Revelación Divina lo fue a través de la Sagrada Tradición. De Adán a Moisés no existieron los libros sagrados. Nuestro mismo Señor Jesucristo transmitió Su divina enseñanza a sus discípulos de forma oral y por obra, y no por medio de libros. De la misma manera, al inicio, los Apóstoles difundieron la fe y establecieron la Iglesia de Cristo. La necesidad de la Tradición se hace más evidente, toda vez de que no todas las personas tenían acceso a los libros, en cambio a la tradición, todos tenían acceso.

 22 Las Sagradas Escrituras son dadas para que la Revelación Divina sea conservada de manera más fiel y sin variación. En las Sagradas Escrituras podemos leer las palabras de los profetas, de los apóstoles de tal forma como si viviéramos con ellos y les escucháramos, sin importar que los libros Sagrados hayan sido escritos varios siglos atrás o miles de años antes.

 23 Debemos observar a la Sagrada Tradición que guarda la Divina Revelación y es conforme a las Sagradas Escrituras, tal y como lo enseñan las propias Sagradas Escrituras. Al respecto el Santo Apóstol Pablo escribe: “Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz, o a través de nuestras epístolas” (2 Tes. 2, 15)

24 La Tradición es necesaria actualmente para orientarnos en el correcto entendimiento de las Sagradas Escrituras, para la correcta realización de los Sacramentos y la correcta observancia de los ritos sagrados, en la pureza desde los inicios en que fueron establecidos.

San Basilio el Grande dice al respecto: “De lo observado en la Iglesia de los dogmas, de las predicaciones, algunas las obtenemos de la instrucción escrita y otras llegan a nosotros de la tradición apostólica, por transmisión en secreto. Unas y otras tienen la misma fuerza y esto no puede ser contradicho por nadie, a pesar de que sea poco entendido en las disposiciones de la Iglesia. Ya que si rechazamos las costumbres no escritas, como si tuvieran poca importancia, estaríamos sin duda alguna mutilando el Evangelio en lo más importante, o es más, el sermón apostólico lo dejaremos vacío. Por ejemplo, hagamos referencia a lo más común: Todos aquellos esperanzados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo se persignan haciendo la señal de la Cruz. ¿En qué escrito se enseña esto? El hecho de que al momento de rezar, el creyente se dirija hacia oriente, ¿en qué epístola se enseña esto? Las palabras de invocación sobre el Pan Eucarístico del ofrecimiento y la bendición del Cáliz, cuál de los santos nos lo dejó por escrito? No nos conformamos con las palabras que el Apóstol dice, y el Evangelio registra, sino que antes y después pronunciamos otras, de gran fuerza para el Sacramento, las cuales forman parte de una enseñanza no escrita. ¿Conforme a qué escritura bendecimos el agua para el Sacramento del Bautismo y el óleo para la unción y la bendición a la persona misma a bautizarse? No viene todo esto de la Tradición callada? ¿Qué más? La misma unción con óleo, ¿Cuáles escritos nos lo enseñaron? ¿De dónde nos viene la triple inmersión en el bautismo y el resto de los actos en el bautismo, como la renuncia a satanás y a sus ángeles? ¿De qué escrito lo tomamos? ¿No son acaso todas estas enseñanzas no reveladas e inexpresadas, las cuales nuestros padres conservaron calladamente, habiendo sido instruidos en el principio de guardar en silencio la santidad de los misterios? ¿Porqué publicar por escrito la enseñanza referente a lo que no se les permite a los no bautizados siquiera ver? (Canon 97, sobre el Espíritu Santo, cap. 27)

ACERCA DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS


25 Los Libros Sagrados han sido escritos en diversas épocas. Algunos hasta antes del Nacimiento de Cristo, y otros –después.

 26 Esta división de los Libros Sagrados tiene una denominación especial. Todos aquéllos libros que fueron escritos hasta antes del Nacimiento de Cristo, se les llama libros del Antiguo Testamento; aquéllos que fueron escritos posteriormente al Nacimiento de Cristo, son llamados libros del Nuevo Testamento.

 27 Antiguo Testamento y Nuevo Testamento son expresiones que hacen referencia a la antigua y a la nueva unión de Dios con el hombre.

 28 El Antiguo Testamento está conformado por la promesa de Dios de dar a los hombres al Divino Salvador y la preparación para recibirle.

29 Dios preparó a los hombres, para recibir al Salvador, a través de la revelación, por medio de las profecías y de las pre-imágenes.

 30 El Nuevo Testamento está conformado por el cumplimiento de la promesa de Dios, el dar efectivamente a las personas al Divino Salvador, a Su Hijo Unigénito, a Jesucristo.

 31 San Cirilo de Jerusalén, San Atanasio el Grande y el reverendo Juan Damasceno, cuentan entre los libros del Antiguo Testamento veintidós (22), tal y como lo hacían los hebreos en su lengua original. (San Atanasio. Epístola 39, festiva; Venerable Juan Damasceno. Exposición puntual de la fe ortodoxa. Libro 4, cap. 17)

32 La cuenta de los hebreos merece especial atención pues como dice el Apóstol Pablo: “Porque a ellos se les confiaron las palabras de Dios…” y la Iglesia Cristiana del Nuevo Testamento recibió los libros Sagrados del Antiguo Testamento de la Iglesia Hebrea del Antiguo Testamento. (Rom. 3, 2)

33 San Cirilo y San Atanasio enumeraron a los libros del Antiguo Testamento de la siguiente manera:

1. Génesis

2. Éxodo

3. Levítico

4. Números

5. Deuteronomio

6. Libro de Josué, hijo de Nun.

7. Libro de los Jueces, y con él, como apéndice, el libro de Ruth.

8. Primero y Segundo Libros de Reyes ( 1 y 2 de Samuel), como dos partes de un solo libro.

9. Tercero y Cuarto libros de Reyes (1 y 2 de Reyes)

10. Primero y Segundo libros de Paralipómenos. (Crónicas)

11. Libor de Esdras, primero y segundo, o como se escribe en griego, Libro de Nehemías.

12. Esther.

13. Job

14. Salterio

15. Proverbios de Salomón

16. Eclesiastés, también de Salomón.

17. Cantar de los Cantares, también de Salomón.

18. Profeta Isaías.

19. Profeta Jeremías.

20. Profeta Ezequiel.

21. Profeta Daniel.

22. Libros de los doce profetas.

34. En esta enumeración de los libros del Antiguo Testamento, no se hace mención del libro de la Sabiduría de Jesús, el hijo de Sirac y tampoco de algunos otros, porque ellos no estaban escritos en la lengua hebrea.

 35. Nosotros debemos considerar a estos últimos libros. Sobre ellos Atanasio el Grande dice que ellos eran señalados por los padres para la lectura de aquellos quienes se estaban preparando para integrarse a la Iglesia.

36. Tomando en cuenta el contenido de los libros del Antiguo Testamento, se pueden dividir en cuatro clases:

1) Libros de la Ley, los cuales conforman la mayor parte del Antiguo Testamento;

2) Libros Históricos, cuyo contenido predominante es la historia de la religión;

3) Libros Instructivos, los cuales contienen las enseñanzas, la instrucción de la religión.

4) Libros Proféticos, los cuales contienen las profecías o predicciones del futuro, y de manera especial acerca de Jesucristo.

37. Libros de la Ley. Son cinco, fueron escritos por el profeta Moisés:

1) Génesis; 2) Éxodo; 3) Levítico; 4) Números y 5) Deuteronomio.

El mismo Jesucristo les designó, a estos libros, de una manera especial: “La Ley de Moisés” (Luc. 24, 44) (“Después les dijo: A esto me refería cuando, estando todavía con ustedes, les dije que todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los profetas y Salmos acerca de mí tenía que cumplirse”)

38 Libro del Génesis. Contiene el relato de la creación del mundo y del hombre, así como la historia y establecimiento de la adoración de Dios en el cumplimiento de sus mandatos, en los primeros tiempos del género humano.

 39. Los otros cuatro libros de Moisés contienen la historia de la religión en tiempos del profeta Moisés y la Ley dada por Dios a través de él.

40. Los Libros Históricos del Antiguo Testamento, son: El libro de Josué, hijo de Nun; Jueces; Ruth; Reyes; Paralipómenos (Crónicas); los libros de Esdras; Nehemías y Esther.

41. Los Libros Instructivos del Antiguo Testamento son: El libro de Job; El Salterio y los libros de Salomón.

 42. El Salterio junto con la instrucción contienen referencias acerca de la vida de Cristo Salvador y muchas profecías acerca de Él. Forman una perfecta guía de oración y alabanza a Dios y es por ello que es continuamente utilizado en todos los servicios eclesiásticos.

43. Los Libros Proféticos; son los libros de los Profetas Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel y de los otros doce profetas.

 44. Los libros del Nuevo Testamento son veintisiete.

 45. Los libros de la Ley, conforman principalmente las bases del Nuevo Testamento y es justo llamarlos EVANGELIO; y se forma con los cuatro libros de los Evangelistas: Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

 46. La palabra Evangelio, es de origen griego y significa “La Buena Nueva”, es decir, la buena y alegre noticia.

 47. Los libros llamados Evangelios, proclaman la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, Su llegada a la tierra, hablan acerca de Su vida en la tierra, acerca de Sus milagros y de Su enseñanza salvífica, finalmente acerca de Su muerte en la Cruz, de la gloriosa Resurrección y Ascensión a los cielos.

48. A estos libros se les llaman Evangelios porque para las personas no puede haber una mejor y más jubilosa noticia, como la del Divino Salvador y la salvación eterna. Es por ello que la lectura del Evangelio en la Iglesia es precedida y acompañada por la jubilosa exclamación: “Gloria a Ti, Señor, gloria a Ti”

 49. Entre los libros del Nuevo Testamento, encontramos un libro histórico llamado Hechos de los Santos Apóstoles.

50. Este libro narra el descenso del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y el esparcimiento, por ellos, de la Iglesia Cristiana.

51. La palabra “Apóstol” significa “Enviado”. Con este nombre designamos a los discípulos elegidos por nuestro Señor Jesucristo, a los cuales Él envió a predicar el Evangelio.

52. Los libros de enseñanza o instructivos del Nuevo Testamento, se integran por las siete Epístolas Universales; una del Santo Apóstol Santiago, dos del Santo Apóstol Pedro, tres del Santo Apóstol Juan y una del Santo Apóstol Judas; así como también las catorce Epístolas del Santo Apóstol Pablo: Una a los Romanos, dos a los Corintios, una a los Gálatas, una a los Efesios, una a los Filipenses, una a los Colosenses, dos a los Tesalonicenses, dos a Timoteo, una a Tito, una a Filemón, una a los Hebreos.

 53. Entre los libros del Nuevo Testamento hay un libro Profético: “El Apocalipsis”

 54. La palabra Apocalipsis es de origen griego y significa: “La Revelación”

 55. Este libro contiene la mística revelación del futuro destino de la Iglesia Cristiana y de todo el mundo.

56. Al leer las Sagradas Escrituras es necesario observar lo siguiente: En primer lugar es indispensable leerlas con reverencia ya que es la Palabra de Dios, así como en oración para su comprensión. En segundo lugar se requiere realizar su lectura con intención pura, para nuestra instrucción en la fe y motivación hacia las buenas obras. En tercer lugar, su entendimiento debe hacerse de conformidad con la interpretación de la Santa Iglesia y de los Santos Padres.

57. Cuando la Iglesia se propone enseñar la Divina Revelación y las Sagradas Escrituras a las personas que las desconocen, les muestra los siguientes signos de que se trata verdaderamente de la palabra de Dios:

1. La Grandeza de esta enseñanza, lo cual evidencia que no pudo ser producto de la razón humana.

2. La Pureza de esta enseñanza, que muestra su procedencia de la mente de Dios.

3. Las Profecías.

4. Los Milagros.

5. El poderoso efecto de esta enseñanza en el corazón de la humanidad, siendo esto sólo posible por la Fuerza Divina.

58. Profecía es un signo de la verdadera Revelación Divina; y esto se puede explicar a través de un ejemplo: El Profeta Isaías, profetizó el nacimiento de Cristo Salvador de una Virgen, lo cual para la razón natural del hombre, ello es imposible. Unos cuantos siglos después de la profecía, nuestro Señor Jesucristo nació de la Santísima Virgen María. Es imposible no darse cuenta de que la profecía fue anunciada por la palabra de Dios, Omnisciente y cuyo cumplimiento, de la profecía, es obra de Dios Todopoderoso. Es por ello que el Santo Apóstol Mateo al narrar el Nacimiento de Cristo, trae a cuenta la profecía de Isaías: “Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor, que habla por medio del Profeta: He aquí que una doncella concebirá y dará a luz a un hijo. Y llamará su nombre Emmanuel, que traducido es: Dios con nosotros” (Mat. 1, 22-23)

59. Los Milagros. Son actos, hechos, imposibles de realizar por la fuerza y arte humanos, sino sólo por Dios Todopoderoso. Por ejemplo: La resurrección de los muertos.

60. Los Milagros son muestra de la verdadera Palabra de Dios (Nuestro Señor Jesucristo), Quien realiza verdaderos milagros, los cuales son realizados por la fuerza de Dios, Quien agrada a Dios y está en comunión con el Espíritu Santo. Tal hombre sólo puede hablar la verdad pura. Es por ello que cuando habla en nombre de Dios, entonces a través de Él, indudablemente, habla la Palabra de Dios. Por ello el mismo Señor Jesucristo, nuestro Señor, reconoce a los milagros como testimonio de Su Divina misión: “Las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que Yo hago, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado” (Jn. 5, 36)

 61. La acción poderosa de la enseñanza cristiana, se puede observar sobre todo en el ejemplo de los doce Apóstoles; los cuales fueron elegidos de entre los pobres, no instruidos, no provenientes de una posición social elevada. Sin embargo, por esta enseñanza, vencieron y sometieron para Cristo a los poderosos, a los sabios, a los ricos, a los reyes y reinos.

COMPOSICION DEL CATECISMO

62. Para una correcta comprensión de cómo se conforma la enseñanza catequética de la religión, se puede lograr con el estudio de los libros de la Confesión Ortodoxa, aprobados por los Patriarcados Ortodoxos Orientales. Tomar como base lo dicho por el Apóstol San Pablo, acerca de que la vida de cada cristiano debe estar fundamentada en una verdadera vida de FE, ESPERANZA, AMOR. “Así que esto queda: Fe, esperanza, amor; estas tres, y de ellas la más valiosa es el amor” (1 Cor. 13,13)

Así pues, al Cristiano le es necesario, en primer lugar, la instrucción sobre la Fe en Dios y en los misterios, los cuales Él revela; en segundo lugar la instrucción sobre la Esperanza en Dios y los medios de confirmación en ella; en tercer lugar, la enseñanza acerca del amor a Dios y hacia todos los que Él manda amar.

63. La Iglesia nos introduce en la enseñanza sobre la fe por medio del Símbolo de la Fe o Credo.

64. La guía para la enseñanza acerca de la Esperanza se puede recibir de lo manifestado por el Señor en las Bienaventuranzas y en la Oración del Señor.

65. La enseñanza inicial acerca del Amor, la podemos encontrar en los diez mandamientos de la Ley de Dios, y también en el Nuevo Testamento (Mat. 5, 44, 46: 10, 37; Mc. 12, 30-33; Lc. 7, 47; 11, 42; Jn. 13, 34-35. 1 Cor. 13, 1-9, etc.)

PRIMERA PARTE

ACERCA DE LA FE

SOBRE EL SIMBOLO DE LA FE EN GENERAL

Y SU ORIGEN

66. El Símbolo de la Fe es la enseñanza acerca de lo que deben creer los cristianos, expuesto en palabras muy concretas y puntuales.

67.     1. Creo en un solo Dios Padre, Todopoderoso, Creador del cielo y la tierra, de todo lo visible e invisible.

2. Y en un sólo Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, nacido, no creado, consustancial con el Padre, por quien todo fue hecho.

3. Quien por nosotros, los hombres, y para nuestra salvación, descendió de los cielos, y se encarnó del Espíritu Santo y de María Virgen, y se hizo hombre.


4. Crucificado, también por nosotros, en tiempos de Poncio Pilato; padeció, y fue sepultado.


5. Y Resucitó al tercer día conforme a las Escrituras.


6. Ascendió a los Cielos, y está sentado a la diestra del Padre.


7. Y otra vez vendrá con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos, y Su Reino no tendrá fin.


8. Y en el Espíritu Santo, Señor, Vivificador, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es juntamente adorado y glorificado, que habló por los profetas.


9. En la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica.


10. Confieso un solo Bautismo para la remisión de los pecados.


11. Espero la resurrección de los muertos,


12. y la vida del siglo venidero. Amén.


68. De esta manera los Padres del Primer y Segundo concilios ecuménicos desarrollaron la enseñanza de la fe.

 69. Un Concilio Ecuménico es la reunión de los pastores y maestros de la Iglesia Católica Cristiana, en lo posible de todo el mundo entero, para la confirmación de la verdadera enseñanza y la organización y disciplina entre los cristianos.

 70. Han habido siete Concilios Ecuménicos:

 El Primero, en Nicea en el año 325;

El Segundo, en Constantinopla, en el año 381;

El Tercero, en Éfeso, en el año 431;

El Cuarto, en Calcedonia, en el año 451;

El Quinto, en Constantinopla, por segunda ocasión, en el año 553;

El Sexto, en Constantinopla, por tercera ocasión, en el año 680 y

El Séptimo, en Nicea, por segunda ocasión, en el año 787.

 71. La regla para convocar concilios, se fundamenta en el ejemplo de los Santos Apóstoles, quienes convocaron el Concilio de Jerusalén. (Hech. 15). También es fundamento de ello lo dicho por el Mismo Señor Jesucristo, dando a las determinaciones de la Iglesia, tal importancia, que quien las violente trae para sí la pérdida de la gracia, como pagano. “Si no los oyese a ellos, dilo a la Iglesia; y si no oyere a la Iglesia, tenle por gentil y publicano” (Mat. 18:17) El medio por el cual la Iglesia Universal, hace manifiestas sus decisiones, es el Concilio Ecuménico.

 72. El Primer y Segundo concilios ecuménicos, en los cuales se conformó el Símbolo de la Fe, fueron convocados por las siguientes razones:

Primero, para confirmar la verdadera enseñanza acerca del Hijo de Dios, en contra de la falsa enseñanza de Arrio; Segundo, para confirmar la enseñanza acerca del Espíritu Santo, en contra de la falsa enseñanza de Macedonio.

73. El Primer Concilio Ecuménico emitió veinte reglas o cánones[1] y el Segundo siete.

ACERCA DE LAS DIVERSAS PARTES DEL SIMBOLO DE LA FE

74 Para una mejor comprensión de las diversas partes del Símbolo de la Fe Universal, es aconsejable poner especial atención en cada uno de los doce artículos o partes, en que se ha dividido, y estudiarlos por separado.
 75 En el primer artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca de Dios, es decir, acerca de la Primer Hipóstasis de la Divina Trinidad. —acerca de Dios Padre, como El Creador del mundo.

En el segundo artículo o parte del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la Segunda Hipóstasis de la Santísima Trinidad, acerca de nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios.

En el tercer artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la Encarnación del Hijo de Dios.

En el cuarto artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la Pasión y Muerte de Jesucristo.

En el quinto artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

En la sexta parte del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la Ascensión de Jesucristo a los Cielos.

En el séptimo artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la Segunda y Gloriosa Venida de nuestro Señor Jesucristo a la tierra.

En el octavo artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la Tercera Hipóstasis de la Santísima Trinidad, El Espíritu Santo.

En el noveno artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca de La Iglesia.

En el décimo artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca del Bautismo, en donde están implícitos todos los demás Sacramentos.

En el undécimo artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la futura Resurrección, general, de los muertos.

En el duodécimo artículo del Símbolo de la Fe, se habla acerca de la Vida Eterna.

ACERCA DEL PRIMER ARTICULO DEL SIMBOLO DE LA FE

76 Creer en Dios —significa tener la seguridad, la certeza de Su existencia, de sus atributos, de sus acciones; y con todo el corazón recibir Su Palabra revelada acerca de la salvación del género humano.

 77 Por medio de las Sagradas Escrituras es posible saber en qué consiste la fe en Dios. El Apóstol Pablo escribe: “y sin fe es imposible Agradarle: quien se acerca a Dios debe creer que existe y que recompensará a los que lo buscan” (Hebreos 11, 6)

El mismo Apóstol Pablo manifiesta el efecto que la fe tiene en los Cristianos, al hacer la siguiente oración, por ellos, a Dios:

“…y le pido que, mostrando su inagotable esplendidez, los refuerce y fortalezca interiormente con Su Espíritu, para que el Mesías se instale por la fe en lo íntimo de ustedes y queden enraizados y cimentados en el amor…”(Efesios 3, 16-17)

78 El efecto inmediato e indispensable de una fe sincera en Dios, deberá ser: La confesión de esa misma fe.

79 Confesar la fe —significa reconocer de manera abierta que tenemos la fe ortodoxa, con toda seguridad y firmeza, de tal manera que ni las amenazas, ni las tentaciones, ni las torturas, ni la misma muerte nos puedan hacer flaquear y negar la fe en el Verdadero Dios y Señor nuestro Jesucristo.

80 El Apóstol Pablo testifica que es necesaria la confesión de la fe para obtener la salvación: “Porque con el corazón se cree para verdad, pero con la boca se confiesa para salvación” (Rom. 10, 10).

 81 Para ser salvo es necesario no sólo creer, sino confesar la fe ortodoxa, puesto que si alguien para salvar su vida, temporal, o conservar sus bienes, repudia la fe ortodoxa, entonces con ello muestra en los hechos que no cree en la verdadera fe, que no cree en Dios Salvador, que no cree en la vida eterna.

82 En el Símbolo de la Fe no se dice: Creo en Dios, sino “Creo en Un solo Dios”, en el Único Dios. —Esto es así para rechazar la doctrina de los paganos, quienes al adorar a Dios, creen que existen muchos dioses.

83 La enseñanza de las Sagradas Escrituras acerca del Único Dios, introducida al Símbolo de la Fe, es tomada de la siguiente expresión del Santo Apóstol Pablo: “…y que nadie es Dios más que uno; pues aunque hay los llamados dioses, ya sea en el cielo, ya en la tierra —y de hecho hay numerosos dioses y numerosos señores—para nosotros no hay más que Un Dios, el Padre, de Quien procede el universo y a quien estamos destinados nosotros y Un solo Señor, Jesús Mesías, por quien existe el universo y por quien existimos nosotros” (1Cor. 8: 4-6)

 84 La propia esencia de Dios no es posible conocerla. Está más allá de todo conocimiento, no sólo del hombre, sino también de los ángeles.

85 Sobre esto, las Sagradas Escrituras, por medio del Apóstol Pablo, dicen: “El Único que tiene inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ninguno de los hombres ha visto, ni puede ver” (1Tim. 6,16)

 86 De la Revelación Divina es posible saber la siguiente idea acerca de la esencia y atributos de Dios: Dios es un Espíritu Eterno, todo Bueno, Omnisciente, todo Justo, todo Poderoso, Omnipresente, Inmutable, todo Satisfecho, todo Bendito.

87 Todo lo anterior lo podemos encontrar en las Sagradas Escrituras. El mismo Señor Jesucristo dijo que “Dios es Espíritu”(Juan 4, 24). Acerca de la eternidad de Dios, habla el profeta David: “Antes que los montes fuesen engendrados, y naciesen la tierra y el orbe, y desde la eternidad hasta la eternidad, Tú, oh Dios, eres.” (Sal 89:2) En el Apocalipsis se puede leer la siguiente glorificación a Dios: “Santo, Santo, Santo, es el Señor Dios Todopoderoso, El que era, El que es y El que ha venir” (Apoc. 4:8) El Santo Apóstol Pablo dice que el Evangelio fue manifestado “de acuerdo con el mandato del Dios Eterno”(Rom. 14,25)

Acerca de la bondad de Dios, nuestro Señor Jesucristo dijo: “Ninguno hay bueno, sino Uno: Dios” (Mat. 19, 17) El Apóstol Juan dice: “Dios es Amor” (1Juan 4,16). El Profeta David exclama: “Yahvé es Benigno y Misericordioso, Magnánimo y Grande en clemencia. Yahvé es Bueno con todos, y Su misericordia se derrama sobre todas Sus criaturas” (Sal.144, 8-9)

Acerca de la Omnisciencia de Dios el Apóstol Juan escribe: “…por encima de nuestra conciencia está Dios, que lo sabe todo” (1Juan 3, 20) El Apóstol Pablo dice: “¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios¡ ¡Qué impenetrables Sus decisiones y qué incomprensibles Sus caminos!” (Rom. 11, 33)

Acerca de la Justicia de Dios el profeta David canta: “Porque Yahvé es Justo y ama la justicia: los rectos verán Su rostro” (Sal. 10, 7) El Apóstol Pablo dice que “pagará a cada uno conforme con sus obras” y que “no hay acepción de personas en Dios”(Rom. 2,6,11)

Acerca del Poderío de Dios el Salmista dice: “Porque Él habló y quedaron hechos; mandó, y tuvieron ser” (Sal. 32, 9) El Arcángel Gabriel dice en el Evangelio: “Porque no hay nada imposible para Dios” (Luc. 1, 37)

Acerca de la Omnipresencia de Dios, David lo expresa de la siguiente manera: “¿A dónde iré que me sustraiga a Tu espíritu, a dónde huiré de Tu rostro? Si subiere al cielo, allí estás Tú; si bajare al abismo, Tú estás presente. Si tomare las alas de la Aurora, y me posare en el extremo del mar, también allí me conduciría Tu mano, y me tendría asido a Tu diestra. Si dijere: ”Al menos las tinieblas me esconderán”, y a modo de luz me envolviese la noche, las mismas tinieblas no serían oscuras para Ti, y la noche resplandecería como el día, la oscuridad como la luz.” (Sal. 138, 7-12)

El Apóstol Santiago escribe que “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mutación, ni sombra de variación” (Santiago 1, 17)

El Apóstol Pablo dice que: “Ni es honrado por mano de hombre, como si necesitase algo; pues Él es quien da a todos vida y aliento y todo” (Hechos 17, 25) El mismo Apóstol nombra de Dios: “Sólo Soberano, Rey de reinantes y Señor de Señores” (1Tim. 6, 15)


88 Dios es Espíritu, sin embargo las Sagradas Escrituras le adscriben miembros corporales, por ejemplo: corazón, ojos, oídos, manos. Ello no significa que Dios tenga manos, oídos, ojos, etc. Las Sagradas Escrituras hacen esta referencia, adaptándose al lenguaje común utilizado por los hombres; sin embargo hay que entender estas palabras en un sentido más alto, espiritual. Por ejemplo cuando se hace referencia al Corazón de Dios, se quiere dar a entender Su bondad, Su amor. Cuando se hace referencia a los ojos y oídos de Dios se quiere mostrar Su Omnisciencia. Cuando las Sagradas Escrituras hablan acerca de las manos de Dios, se hace referencia a Su Omnipotencia.

89 Dios está presente en todas partes, sin embargo se dice que Dios está en los Cielos, que también se encuentra en el Templo.

En efecto, Dios está en todas partes, pero en los Cielos tiene una presencia especial, en la gloria eterna, manifiesta a las almas bienaventuradas; y en el Templo hay también una especial presencia de Dios, manifiesta de manera sacramental y a través de la Gracia; presencia de Dios que es experimentada y reconocida, reverentemente, por los creyentes, misma que se hace manifiesta, en algunas ocasiones, de manera extraordinaria.

Nuestro Señor Jesucristo dice: “En donde dos o tres estén reunidos en Mi Nombre, ahí estaré, en medio de ellos” (Mat. 18, 20)

 90 Las palabras del Credo: “Creo en el Único Dios Padre” las debemos entender en relación con el misterio de la Santísima Trinidad; puesto que Dios es Uno en Esencia pero Trino en Personas: El Padre, El Hijo y El Espíritu Santo —Trinidad Consubstancial e Indivisible.

91 Sobre la Santísima Trinidad se habla en las Sagradas Escrituras. En el Nuevo Testamento encontramos referencias importantísimas al respecto, como las siguientes: “id y enseñar a todas las naciones, bautizándolas en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mat. 28,19)

“Porque Tres son los que dan testimonio en el cielo: El Padre, La Palabra y El Espíritu Santo; y estos Tres son Uno” (1 Juan 5, 7)

 92 También en el Antiguo Testamento se habla de la Santísima Trinidad, aunque no de manera tan clara. Por ejemplo: “Por la Palabra del Señor fueron hechos los cielos, y por el espíritu de Su boca, todos Sus ejércitos” (Sal. 32(33) 6)

“…¡Santo, Santo, Santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de Su gloria!” (Is. 6, 3)

93 Dios es Uno en Tres Personas. Los hombres no comprendemos este misterio interno de la Divinidad, pero creemos en el infalible testimonio de la Palabra de Dios: “La manera de Ser de Dios nadie la conoce sino el Espíritu de Dios” (1 Cor. 2, 11)

94 Entre las Personas de la Santísima Trinidad hay algunas diferencias, como el que Dios Padre no nace y no procede de ninguna otra persona; el Hijo de Dios ha nacido del Padre en la eternidad; el Espíritu Santo, desde la eternidad procede del Padre.

 95 Son Tres las Hipóstasis o Personas de la Santísima Trinidad —con igual dignidad Divina. Así como el Padre es Dios Verdadero, igualmente el Hijo es Dios Verdadero, y el Espíritu Santo es Dios Verdadero. Sin embargo es Un solo Dios y Tres Hipóstasis.

96 A Dios se le conoce como Todopoderoso (∏αντοκρατωρ) porque todo lo que existe lo contiene en Su fuerza y Su voluntad.

97 Las palabras del Credo: “Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible e invisible” –nos habla de que todo fue creado por Dios y nada puede ser sin Dios.

98 Estas palabras son tomadas de las Sagradas Escrituras. El libro del Génesis comienza con las palabras: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” El Apóstol Pablo dice acerca de Jesucristo, el Hijo de Dios: “Por El todo fue creado, lo que hay en los cielos y lo que hay en la tierra, visible e invisible, sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por Él y para Él” (Col. 1:16)

99 En el Símbolo de la Fe, por la palabra: “invisible” se debe entender al mundo espiritual, que es invisible, al cual pertenecen los Ángeles.

 100 Los Ángeles son espíritus incorpóreos, dotados de inteligencia, voluntad y poder.

 101 La palabra Ángel significa “Mensajero”.
102 Así se les llama porque Dios los envía a proclamar, a anunciar, Su Voluntad. Por ejemplo, el Arcángel Gabriel fue enviado por Dios para anunciar a la Santísima Virgen la concepción del Salvador. 
103 Lo invisible fue creado antes que lo visible, y los ángeles antes que el hombre (Confesión Ortodoxa, Primera Parte, pregunta 18).
104 Un testimonio acerca de esto lo podemos encontrar en las Sagradas Escrituras. En el libro de Job, el mismo Dios dice acerca de la creación de la tierra: “¿Dónde encaja su basamento o quién asentó su piedra angular, entre la aclamación unánime de los astros de la mañana y los vítores de los ángeles?” (Job 38, 6-7)
105 El nombre de “Ángel de la Guarda o Ángel Protector” es tomado de las siguientes palabras de las Sagradas Escrituras: “Porque Él te ha encomendado a sus ángeles, para que te guarden en todos tus caminos” (Sal. 90, 11)
106 Para cada uno de nosotros hay un Ángel de la guarda. Esto nos lo confirman las siguientes palabras de nuestro Señor Jesucristo: “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mat. 18, 10)
107 No todos los ángeles son buenos y obran el bien. Existen ángeles malos, los cuales son llamados diablos o demonios.
108 Ellos fueron creados buenos y se hicieron malos porque violaron su deber de obediencia perfecta a Dios, y de esta manera se alejaron de Él y cayeron en la soberbia, en el amor así mismos y en el odio. En palabras del Apóstol Judas, estos ángeles no guardaron su dignidad, abandonaron su propia morada. (Judas 1, 6)
109 La palabra “diablo” significa: “Calumniador” o “Seductor”


110 Los ángeles malos son llamados “diablos”, es decir, “calumniadores” o “seductores” puesto que se afanan en desplegar todos sus engaños hacia la gente, inspirando malos y falsos pensamientos, así como malos deseos. Sobre esto, Jesucristo les dijo a los que no creyeron en Él como el Hijo de Dios: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de la mentira”(Juan 8, 44)
 111 Las Sagradas Escrituras nos revelaron acerca de la creación del mundo, que en el principio Dios, de la nada creó a los cielos y la tierra. La tierra no tenía forma, es decir, externamente no era como la apreciamos ahora. Además estaba vacía. Dios poco a poco creó todo lo que está tanto en el cielo como en la tierra. El Primer día creó Dios la Luz; El Segundo día creó Dios el Firmamento o el cielo visible. El Tercer día creó Dios, los depósitos de agua en la tierra, la tierra firme y las plantas. El Cuarto día el sol, la luna y las estrellas. El Quinto día, los peces y las aves. El Sexto día, los animales de cuatro patas que habitan sobre la tierra firme y finalmente al ser humano. Con el hombre, la creación finalizó y en el Séptimo día Dios descansó de todas sus obras. Por ello, el séptimo día fue llamado el sábado, que traducido de la lengua hebrea significa “Descanso, Reposo” (Génesis 2,2)

 
112 Las criaturas visibles no fueron creadas tal como hoy las vemos. Al momento de la creación todo era bueno, es decir, limpio, puro, hermoso e inofensivo.
 
113 Características conocidas de la creación del hombre. Dios, en la Santísima Trinidad dijo: “Hagamos al hombre a Nuestra imagen y semejanza” (Génesis 1, 26). Y creó, Dios, el cuerpo del primer hombre, Adán, sobre la tierra. Sopló en su cara el aliento de la vida; condujo a Adán al paraíso y le dio alimento, entre otros los frutos del paraíso, los frutos del árbol de la vida. Finalmente, tomó de Adán una costilla, mientras dormía y de ella formó a la primer mujer—Eva—(Génesis 2, 21-22)


 
114 “A imagen de Dios”, significa, conforme a la explicación del Santo Apóstol Pablo, “en la justicia y santidad de la verdad”(Efesios 4, 24)


115 Aliento de la Vida —Es el alma, la esencia espiritual e inmortal.
 
116 La palabra “Paraíso” significa “jardín”. Así fue llamada la preciosa y bendita morada del primer hombre; descrita en el libro del Génesis como similar a un jardín.
 
117 El paraíso en el cual permanecieron las primeras personas, fue para el cuerpo material, una morada visible y bienaventurada. Y para el alma era espiritual, como condición de la gracia de la comunicación con Dios y de la contemplación espiritual de las criaturas. (Vid. Gregorio el Teólogo. Palabra 38, 42; Venerable Juan Damasquín. Teología. Libro 2, Capítulo 12, pág. 3)
 
118 “Árbol de la Vida” Se trata del árbol de cuyos frutos comía el hombre y mantenían su cuerpo sin enfermedad e inmortal.
 
119. “Eva fue formada de la costilla de Adán” para que todo el género humano, debido a su procedencia, viniesen de un solo cuerpo y por ello naturalmente tuviese la inclinación de amarse y mantenerse a salvo unos a otros.
 
120 Dios creó al hombre con la finalidad de que le conociera, le amara y glorificara y a través de ello fuese eternamente bienaventurado.
 
121 La voluntad de Dios de destinar al hombre a la eterna bienaventuranza tiene en la instrucción de la fe un nombre especial: “Predestinación de Dios”
 
122 La Predestinación Divina de la bienaventuranza eterna del hombre, permanece invariable aún y cuando en la actualidad observamos que el hombre no es dichoso. Dios en su infinita misericordia, al hombre apartado del camino de la bienaventuranza, determinó abrir un nuevo camino hacia la dicha, a través de Su hijo Unigénito Jesucristo. “Nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él” (Efesios 1, 4)
 
123 La Predestinación de Dios en relación con la gente en general y hacia cada hombre por separado, es necesario entenderla así: Dios predeterminó otorgar a todas las personas, y en efecto lo ha otorgado, la Gracia y los medios seguros para alcanzar la bienaventuranza; y a aquéllos que reciben libremente la Gracia otorgada, la utilizan así como los medios de salvación recibidos y les muestran el camino de salvación, hacia la bienaventuranza.
 
124 La Palabra de Dios, al respecto dice: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8, 24)
 
125 En la exposición de la fe, de los Patriarcas Ortodoxos de Oriente, acerca de esto, han dicho: “Porque Él previó que algunos utilizarían correctamente su libre voluntad, y otros de mala forma, entonces a aquellos predestinó a la gloria, y a los otros a condenarles”
 
126 Después de la creación del mundo y del hombre, siguió la actuación directa de Dios hacia el mundo y de manera especial hacia el hombre, a la cual se le da el nombre de la Divina Providencia.
 
127 La Divina Providencia es la incesante acción del poderío, sabiduría y bondad de Dios, con las cuales Él conserva la existencia y fuerzas de Sus criaturas, dirigiéndolas hacia objetivos buenos, asistiéndolos en cada obra buena; haciéndose presente a través de separar lo bueno de lo malo; suprime o corrige dirigiendo hacia el bien, produciendo buenos resultados.
 
128 Sobre la Divina Providencia el mismo Señor Jesucristo, en las Sagradas Escrituras dice: “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mat. 6, 26) En estas palabras, se hace evidente la Divina Providencia sobre todas las criaturas y especialmente sobre el hombre. El salmo 90 es una muestra de la abundancia y destacada Divina Providencia sobre el hombre.

ACERCA DEL SEGUNDO ARTICULO DEL SIMBOLO DE LA FE

129 “Y en un sólo Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, nacido, no creado, consustancial con el Padre, por quien todo fue hecho”
En el nombre “Jesucristo, Hijo de Dios”, la expresión Hijo de Dios se refiere a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad respecto a Su Divinidad. Jesús fue llamado Hijo de Dios cuando nació en la tierra como hombre. Cristo lo llamaron los profetas cuando aún estaban en la espera de su llegada a la tierra.

130 El nombre Jesús significa: “Salvador”. Este nombre fue dado por el Arcángel Gabriel.

131 Este nombre fue dado al Hijo de Dios en su nacimiento, en la tierra, pues él nació para salvar a la humanidad.

132 El nombre “Cristo” significa “Ungido” Esta viene de la unción con el Santo Oleo, a través del cual son dados los dones de la gracia del Espíritu Santo.

133 No sólo a Jesús, el Hijo de Dios, se le llama “El Ungido” Desde tiempos antiguos se llamaban “ungidos” a los Reyes, Sumo sacerdotes y a los Profetas.

134 A Jesús, el Hijo de Dios, se le llama “Ungido” porque a su naturaleza humana se le comunicaron, grandemente, todos los dones del Espíritu Santo. En este sentido a Él se le comunicó en un alto grado la visión de los profetas, la santidad del Sumo sacerdote y el poder del Rey.

135 A Jesucristo se le llama Señor en el sentido de que Él es el Dios Verdadero, y uno de los nombres de Dios, es “Señor”.

136 Acerca de la Divinidad de Jesucristo, el Hijo de Dios, las Sagradas Escrituras dicen: “En el principio era la Palabra, y la Palabra era con Dios, y la Palabra era Dios” (Juan 1,1)
137 A Jesucristo se le denomina Hijo de Dios Unigénito. Con ello se afirma que Él es el único Hijo de Dios, nacido de la Esencia de Dios Padre y por tanto es de la misma esencia de Dios Padre y consecuentemente sin comparación alguna, superior, a todos los santos ángeles y a todos los santos, los cuales son llamados hijos de Dios por la Gracia.  (“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en Su Nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”(Juan 1, 12))

138 Las Sagradas Escrituras llaman a Jesucristo el Unigénito. Por ejemplo en la siguiente expresión del Santo Evangelista Juan: “La Palabra fue hecha carne, y habitó entre nosotros y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Juan 1, 14) A Dios nadie lo vio jamás; el Unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer” (Juan 1, 18)

139 En el Símbolo de la Fe, acerca del Hijo de Dios se dice también que Él nació del Padre. Con ello se señala la propiedad que lo distingue de las otras Personas de la Santa Trinidad.

140 Se dice también que Él nació antes de todos los siglos, para que nadie piense que hubo un tiempo en el cuál Él no existía. Al contrario, con ello se subraya que Jesucristo es también Eterno Hijo de Dios, como Eterno es Dios Padre.

141 La expresión, del Símbolo de la Fe, “Luz de Luz”  al igual que la luz visible de alguna manera explica el incomprensible nacimiento del Hijo de Dios, del Padre. Al mirar al sol, vemos su luz, de esta luz nace luz, la cual es vista en todo el mundo, pero una y otra son la misma luz, indivisible, de la misma naturaleza. De manera similar Dios Padre es la Luz Eterna (1 Juan 1, 5), de Él nace el Hijo de Dios que es la misma Luz eterna, indivisible, de la misma naturaleza Divina.[1]

142 La expresión del Símbolo de la fe: Dios Verdadero de Dios Verdadero significa que el Hijo de Dios es también Dios, en el mismo verdadero sentido que Dios Padre.

143 Las expresiones anteriores son tomadas de las Sagradas Escrituras, específicamente de la primera carta de Apóstol Juan el Teólogo: “Sabemos que el hijo de Dios ha venido, y nos ha dado luz y entendimiento para que conozcamos a Dios verdadero, y estemos en Su verdadero Hijo, Jesucristo. Este es el Verdadero Dios y la Vida Eterna” (1 Juan 5, 20)

144 También se dice en el Símbolo de la Fe que el Hijo de Dios “nació” y “no es creado” Esto fue escrito para denunciar la herejía de Arrio, el cual perversamente enseñaba que el Hijo de Dios era creado.[2]

145 La expresión “Consubstancial al Padre” significa que el Hijo de Dios es de la misma única Esencia Divina de Dios Padre.

146 En la Sagradas Escrituras, el mismo Señor Jesucristo dice sobre sí mismo y sobre Dios Padre: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10,30)

147 Las Palabras, “Por Quien fueron hechas todas las cosas”, del Símbolo de la Fe, muestran que Dios Padre todo lo creó a través de Su Hijo, Su sabiduría eterna y Palabra Eterna. “Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1,3)[3]

SOBRE EL TERCER ARTICULO DEL SIMBOLO DE LA FE

148 “Descendió de los Cielos” dice el Símbolo de la Fe acerca del Hijo de Dios.

149 Se dice: “Dios descendió de los Cielos”, -aunque Él como Dios, está en todas partes, entonces se encuentra en todo tiempo tanto en el Cielo como en la tierra; pero en la tierra el anteriormente era invisible y después apareció en la carne; en este sentido se dice que El descendió de los cielos.

150 Sobre esto se habla en las Sagradas Escrituras y al respecto, el mismo Señor Jesucristo dice: “Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo: el Hijo del Hombre que está en el cielo” (Juan 3, 13)

151 El Hijo de Dios descendió de los Cielos por causa del hombre, por causa de nuestra salvación, tal y como se dice en el Símbolo de la Fe.

152 Se dice que el Hijo de Dios descendió de los cielos por nosotros los hombres, en el sentido de que Él vino a la tierra no para algún pueblo en especial o para algunas personas, sino para la salvación de todos nosotros, de todas las personas en general.

153 ¿A salvarnos de qué vino el Hijo de Dios a la Tierra? El Hijo de Dios vino a la tierra a salvar a los hombres del pecado, de las maldiciones y de la muerte.
154 EL PECADO. Es la transgresión de la Ley. “El pecado es infracción de la ley” (1Juan 3, 4)

155 El pecado entró en el hombre (a pesar de que éste fue creado a la imagen de Dios, y Dios no peca) por el diablo. “El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del Diablo.”(1Juan 3, 8)

156 El pecado pasó del diablo al hombre, cuando aquél sedujo a Eva y a Adán y los indujo a transgredir el mandato de Dios.

157 Dios ordenó a Adán, en el paraíso, no comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, y para ello le dijo que en cuanto comiera de él, entonces moriría.

158 Para el hombre el hecho de comer el fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal sería mortal porque ello estaba íntimamente ligado con la desobediencia de la voluntad de Dios. En este sentido, la desobediencia separaría al hombre de Dios y de Su Gracia y lo privaría de la vida que es en Dios.

159 El nombre de “el árbol del conocimiento del bien y el mal” corresponde con su esencia, pues el hombre a través de este árbol conocería por experiencia propia, sufriéndolo, todo lo bueno que trae consigo el obedecer la voluntad de Dios, así como también experimentaría todo lo malo que trae el oponerse a ella.

160 Adán y Eva, obedecieron al diablo en contrariando la voluntad de Dios. Dios en su bondad, al crear al hombre le otorgó voluntad, naturalmente para que de manera voluntaria amara a Dios; pero además le otorgó la libertad, sin embargo el hombre la utilizó para el mal.

161 El diablo sedujo a Adán y a Eva de la siguiente manera: Al ver Eva a una serpiente en el Paraíso, ésta última le aseguró que si el hombre gustaba de los frutos del árbol del conocimiento del bien y el mal, entonces conocerían al bien y al mal y serían como Dios. Eva fue seducida por esta promesa y entonces probó el precioso fruto; Adán también comió, siguiendo el ejemplo de Eva.

162 Del pecado de Adán vino la maldición y la muerte.

163 LA MALDICION. Es la condena por el pecado, pronunciada por el recto juicio de Dios y del pecado pasó el mal a la tierra, en castigo del hombre. Dios dijo a Adán: “Maldita será la tierra por tu causa” (Gén 3, 17)

164 Como consecuencia del pecado de Adán surgió la doble muerte, tanto corporal, que sucede cuando el cuerpo pierde el alma, la cual lo aviva; como espiritual, la cual sucede cuando el alma pierde la Gracia de Dios, la cual la mantiene viva en la más elevada vida espiritual.

165 El alma puede morir, pero no de la forma en que muere el cuerpo. El cuerpo cuando muere pierde el sentido y se destruye, mientras que el alma al morir, por causa del pecado, pierde la luz espiritual, la alegría y la bienaventuranza, pero no se descompone y no se destruye, sino que permanece en un estado de oscuridad, de pena y sufrimiento.

166 No solo murieron las primeras personas, sino que todos morimos, puesto que todos nacimos de Adán, infectados por el pecado, y puesto que nosotros mismos pecamos. Como de una fuente infectada fluyen corrientes infectadas, así de los antepasados, infectados por el pecado y por tanto infectados con la muerte, proviene el veneno del pecado y también la muerte de toda la descendencia.

167 Las Sagradas Escrituras, al respecto dicen: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rom 5, 12)

168 Los frutos del árbol de la vida ya no fueron benéficos para el hombre una vez que éste pecó. Después del pecado él ya no pudo más comer de aquél puesto que fue expulsado del Paraíso.

169 Cuando los primeros hombres confesaron ante Dios sus pecados, entonces Dios por su misericordia le dio la esperanza de la salvación.
170 Esta esperanza consistió en la promesa de Dios de que “La simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente” (Gén 3, 15)

171 Esto significa, que el Señor Jesucristo vencería al diablo, que había seducido al hombre, y lo liberaría del pecado, de la maldición y de la muerte.

172 El Señor Jesucristo es llamado: “La Simiente de la Mujer” porque nacería en la tierra de la Santísima Virgen María sin necesidad de hombre.

173 EL BENEFICIO de esta promesa fue tal que el hombre podría salvíficamente creer en el Salvador por venir, de la misma manera en que nosotros creemos que el Salvador ha venido.

174 Algunas personas en la antigüedad creían en la venida del Salvador, pero la mayoría de ellos se habían olvidado de la promesa de Dios acerca del Salvador.

175 Dios continuamente nos recordó esta promesa. Por ejemplo a Abraham le dio la promesa de un Salvador con las siguientes palabras: “En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz” (Gen. 22,18) La misma promesa la repitió más tarde al profeta David de la siguiente manera: “Yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré Su reino” (2Sam 7, 12-13)

176 La palabra “Encarnación” tiene implícito que el Hijo de Dios tomó para sí cuerpo humano, a excepción del pecado y se hizo hombre, sin dejar de ser Dios.

177 La palabra encarnación es tomada de las palabras del Evangelista Juan: “La Palabra se hizo carne” (Juan 1, 14)

178 En el Símbolo de la Fe se dice del Hijo de Dios que se encarnó y además se agrega que se hizo hombre. Esto se hizo así para que nadie pensara que el Hijo de Dios adquirió un cuerpo, sino que reconociera en Él a un Perfecto Hombre, constituido de cuerpo y alma.

179 Acerca de esto da testimonio la Sagrada Escritura. El Apóstol Pablo escribe: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Tim 2, 5)

180 En el Señor Jesucristo no hay sólo una naturaleza. En Él se encuentran, sin división, y sin confusión dos naturalezas, tanto la naturaleza Divina como la naturaleza humana y correspondientemente a estas naturalezas, dos voluntades.

181 Y no se trata de dos personas sino de una sola. Dios y Hombre juntos. En una palabra: Dioshombre.

182 En las Sagradas Escrituras, acerca de la Encarnación del Hijo de Dios del Espíritu Santo y de María Virgen nos narra el evangelista Lucas.

“Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? Pues no conozco varón. Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el Poder del Altísimo te cubrirá con Su sombra, por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.” (Luc 1,34-35)


[1] “…el Hijo verdaderamente es “Luz de Luz”, Verdadero Dios de Dios Verdadero” Pues Dios es Luz, y el nacido de Él debe ser Luz. Y Dios es Verdadero Dios, y entonces el nacido de Él debe ser Verdadero Dios. Sabemos por el orden de la creación que lo que nace debe ser esencialmente igual a lo que le dio a luz. Si uno viene del mismo ser de otro, debe ser entonces lo mismo. No puede ser esencialmente diferente. Así, humanos dan a luz humanos, y pájaros a pájaros, peces a peces, flores a flores. Entonces, si Dios, en la sobreabundante plenitud y perfección de Su Ser Divino dio a luz a un Hijo, el Hijo debe ser igual al Padre en todo, excepto, por su puesto, en el hecho de que es el Hijo y no el Padre.”
Doctrina Ortodoxa. Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa Antioquena en México. Primera Edición. México 1997 Pp. 88-89
Nota del Traductor.
[2] “…Todo lo que existe aparte de Dios es creado por Él: todas las cosas visibles e invisibles. Pero el Hijo de Dios no es una creatura. No fue creado o hecho por Él. El Hijo fue nacido, engendrado, generado del mismo ser y naturaleza del Padre. Pertenece a la misma naturaleza de Dios —a Dios como Dios— según la Divina Revelación tal cual fue entendida en la Tradición Ortodoxa, que Dios es un Padre Eterno por naturaleza, y que debe tener siempre con Él a su Hijo Eterno, No Creado. Tiene la misma naturaleza de Dios el que de Dios nació, y así, Él es verdadera y perfectamente Divino. Posee la misma naturaleza divina de Dios que no está eternamente solo en Su Divinidad, sino que Su mismo Ser como Amor y Bondad debe naturalmente “sobreabundar” u “reproducirse” en la generación de un Hijo Divino: el “Hijo de Su amor”, como lo ha llamado el Apóstol San Pablo (Col. 1:13) Así hay un abismo entre lo creado y lo no creado, entre Dios y todo lo que Dios ha hecho de la nada. El Hijo de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, no es creado. No fue hecho de la nada. Fue engendrado eternamente del Ser Divino del Padre. No existe un abismo entre Dios y el Hijo de Dios” Ibídem Pp.89-90
[3] “…El Padre es el Creador del Cielo y de la Tierra, de todas las cosas visibles e invisibles. Y en el acto de la creación, como confesamos en el Símbolo de la Fe, el Hijo es aquél por Quien fueron hechas todas las cosas. El hijo actúa en la creación como el que cumple la Voluntad del Padre. El acto divino de la creación, y toda acción hacia el mundo, como la revelación, la salvación y glorificación, se hace por la Voluntad del Padre y es cumplida por el Hijo (luego hablaremos del Espíritu Santo) en una idéntica acción divina. Así tenemos el relato del Génesis de cómo Dios crea mediante su Verbo (Palabra) Divino (“…y dijo Dios…”); y en el Evangelio de San Juan la siguiente revelación específica: “Este (la Palabra –el Hijo) estaba en el principio con Dios (el Padre). Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1: 2-3). Esta también es la doctrina de San Pablo: “…Porque en Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades; todo fue creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten” (Col. 1:16-17) Así, se confiesa al Eterno Hijo de Dios como aquél “por Quien fueron hechas todas las cosas” (Hebreos 1:2; 2:10; Romanos 11:35) Ibíd. P.p. 91-92
 















































































































































[1] El Primer Concilio Ecuménico fue convocado en el año 325 por el emperador Constantino el Grande por pedido de muchos obispos, en particular San Osías de Córdoba, a causa de la herejía de Arrio. El Concilio tuvo lugar en Nicea, ciudad principal de Bitinia. Fue presenciado por 318 padres. Los más importantes fueron Alejandro, obispo de Alejandría; Eustafio, obispo de Antioquia; y Macario, obispo de Jerusalén. Roma estaba representada por dos legados del obispo Silvestre, de Roma. Participaron del Concilio hombres santos enaltecidos por sus esfuerzos: Nicolás de Mira en Lycia, Spiridón Trimifunski, Pafnutio de Tebaida, Osías de Córdoba, y otros. Entre los clérigos que acompañaron a los obispos, se destacó especialmente San Atanasio el Grande, joven diácono de la Iglesia de Alejandría, por su elocuencia y conocimientos teológicos. Arrio enseñaba que Jesucristo no era unisubstancial con el Padre, sino fue creado por Él, y con ello deformaba la doctrina de la Santísima Trinidad. El concilio condenó categóricamente esta herejía, compuso el Símbolo de la Fe, que expresa la doctrina ortodoxa, y promulgó 20 reglas.
1. Si alguien en enfermedad es privado de sus miembros por los médicos, o es castrado por los bárbaros, que permanezca en el clero. Si, por el contrario, estando sano, se castra a sí mismo: aunque pertenezca al clero, debe ser destituido y a partir de este momento no se debe ordenar a tales. Pero del mismo modo que evidentemente esto es dicho sobre aquellos que actúan por voluntad propia, y que osaron castrarse a sí mismos, por el contrario, si alguno fuere castrado por los bárbaros o por su señor, pero son considerados dignos, la regla permite que éstos sean miembros del clero (Regla Apostólica 21).  
Ver Reglas Apostólicas 21, 22, 23 y 24. II de Constantinopla 8.
 2. Por necesidad o por otros motivos humanos, ocurrieron muchas cosas que no se condicen con las reglas eclesiales. Por ejemplo, personas de vida pagana que se acercaron a la fe recientemente, y que habiendo sido catecúmenos por poco tiempo fueron conducidos a la pila bautismal con prontitud; e inmediatamente después del bautismo fueron elevados al rango de obispos o presbíteros. Por ello, bien se reconoce que esto no ocurra en adelante, porque un catecúmeno necesita tiempo; y después del bautismo, una prueba ulterior. Porque son claras las escrituras Apostólicas que dicen: y no debe ser un hombre recientemente bautizado, para que no se enorgullezca y no incurra en la misma condenación que el demonio (Timoteo 3:6). Si con el transcurso del tiempo se encuentra algún pecado del alma en alguna persona, y es descubierto por dos o más testigos: que sea destituido del clero. Quien actúa en contra de esto osa oponerse al gran Concilio y corre el riesgo de ser destituido del clero. 
Preocupándose por una jerarquía fiel a la Iglesia, el Concilio Ecuménico desarrolla en la segunda regla la idea expresada por el Santo Apóstol Pablo en su Primer Epístola a Timoteo (3:6) sobre la necesidad de probar cuidadosamente a un recién bautizado antes de que pueda ser recibido en el clero. El “pecado del alma” que se menciona en esta regla, no es comprendido de igual manera por todos los exegetas. Balsamon supone, que todo pecado que daña el alma, se denomina del alma, tenga su origen en un impulso del alma o del cuerpo. Pero, lo más importante es el peligro mencionado en la regla de que se desarrolle el orgullo, que puede llevar a crease falsas ilusiones o a prelest. Tal pecado del alma a veces se manifiesta externamente y por ello puede ser descubierto por dos testigos. Ver Reglas Apostólicas 80; VII Ecuménico 2; Neocesárea 12; Laodicea 3 y 12; Cerdeña 10; II de Constantinopla 17; San Cirilo de Alejandría 4.
 3. El gran Concilio, sin excepción, determinó que ningún obispo, ni presbítero, ni diácono, ni ningún miembro del clero, puede convivir en su casa con una mujer, salvo que sea su madre, hermana, tía o una persona que sea ajena a toda sospecha. 
 El objetivo de esta regla es cuidar al servidor del orden sagrado de toda sospecha, por lo que se debe aplicar la prohibición que menciona a aquellos presbíteros, diáconos o hipodiáconos que no tienen esposa, porque la presencia de la esposa junto con el esposo descarta toda sospecha de otra mujer que viva en presencia de la esposa. La causa de que se dictara esta regla fue la propuesta de algunos padres de incorporar la prohibición de casarse a todos los clérigos, desde el hipodiácono hacia arriba. El famoso luchador espiritual, el obispo Pafnutio de Tebaida, se levantó en contra de esto, e insistió en que el matrimonio es santo y el lecho sin mancha, y por ello no se debe hacer recaer sobre los clérigos una carga difícil de llevar. Pero para cuidar de toda sospecha a los clérigos que viven solos, el Concilio determinó la presente regla, que prohíbe a todo obispo, presbítero o diácono que permita a una mujer vivir en su hogar, ya que puede atraer la sospecha de su prójimo. Ver VI Ecuménico 5; VII Ecuménico 18 y 22; Cartago 47; San Basilio el Grande 88.
 4. Lo más correcto es que un obispo sea ordenado por todos los obispos de esa región. Si eso es difícil, por alguna necesidad o por la lejanía, entonces deben reunirse por lo menos tres obispos y los ausentes que presten su consentimiento por medio de cartas y entonces que se lleve a cabo la ordenación. Corresponde al metropolitano de cada región ratificar tales actos.
 El primer Canon Apostólico menciona que la ordenación de un obispo puede ser realizada por dos o tres obispos. La presente regla se refiere a la elección de un nuevo obispo, de la que deben participar todos los obispos de la región. Aquellos que no pueden hacerse presentes al Concilio personalmente– para el cual se establece un quórum mínimo de tres obispos – deben emitir su consentimiento por escrito para la elección del candidato propuesto. La decisión de los obispos debe ser ratificada por el metropolitano. Ver Reglas Apostólicas 1; VII Ecuménico 3; Antioquia 19; Laodicea 12; Cerdeña 6; Cartago 13, 60, 61.
 5. Con respecto a los clérigos o fieles que fueron alejados de la comunión con la Iglesia por los obispos de cada diócesis, se debe respetar la regla (Apostólica 32), que establece que los excomulgados por unos no sean recibidos por otros. Pero se debe examinar si no fueron excomulgados por pusilanimidad o querella o alguna inconformidad similar del obispo. Por ello, para que se pueda examinar correctamente, fue bien establecido que en cada región se reúna un concilio dos veces al año, para que todos los obispos de la región en conjunto examinen tales resoluciones. De esta manera, los que resulten tener culpa en contra del obispo, deben ser reconocidos por todos como indignos de comunión con fundamentos, hasta que la reunión de los obispos decida tomar con respecto a ellos una decisión más benigna. Los concilios deben reunirse, uno durante la Gran Cuaresma, para que después de que cese toda inconformidad se haga una ofrenda pura a Dios; y el otro cerca del tiempo otoñal.
Ver Reglas Apostólicas 12, 13, 15, 16, 32, 33, 34 y 37; IV Ecuménico 19; VII Ecuménico 6; Antioquia 6, 20; Cerdeña 13; Cartago 38; Соф.1.
 6. Que se cumplan las antiguas costumbres adoptadas en Egipto, en Libia y en Pentápolis, que permiten que el obispo de Alejandría tenga poder sobre todas ellas. Porque también el obispo de Roma tiene esta costumbre, al igual que en Antioquia y en otras regiones se guarda la superioridad de las Iglesias. En general que sea conocido que si alguien, sin el permiso del metropolitano es ordenado obispo, el gran Concilio determina que éste no debe serlo. Si una elección realizada por todos los obispos es bendita y de acuerdo con la regla eclesiástica, pero dos o tres se oponen por discrepancias personales, que prevalezca la opinión de la mayoría de los electores.
La importancia de esta regla radica en que determina el cumplimiento de los privilegios y la superioridad de las antiguas cátedras que luego fueron patriarcales. En el IV Concilio Ecuménico, Pascasio, representante de Roma, intentó citar esta regla deformada en la parte en la que se menciona al obispo de Roma. Inmediatamente le dieron una respuesta categórica y le presentaron como fundamento la regla en su redacción antigua, que es la que incluimos en nuestro Libro de Cánones. Con respecto a la preeminencia de las Iglesias tienen mucho significado las decisiones de los Concilios subsiguientes. La presente regla establece el principio de los límites firmes de las Iglesias y la necesidad del acuerdo del Primer Jerarca para toda ordenación de un obispo en su región. Ver Reglas Apostólicas 34; I Ecuménico 4; II Ecuménico 2 y 3; III Ecuménico 8; IV Ecuménico 28; VI Ecuménico 36; Antioquia 9 y 19; Cartago 13.
 7. Por tanto se afirmó la costumbre y la antigua tradición de honrar al obispo de Aelia (Jerusalén), que se lo siga honrando y que conserve su dignidad de Metropolitano.
Aelia, mencionada en esta regla es Aelia Capitolina, la ciudad construida sobre las ruinas de Jerusalén. De esta manera, ella establece la dignidad de la cátedra de Jerusalén.
 8. Acerca de los que antes se llamaban a sí mismos puros, pero que se acercan a la Iglesia Católica y Apostólica, plugo al santo y grande Concilio que, puesto que recibieron la imposición de manos, permanezcan en el clero. Pero ante todo conviene que confiesen por escrito que aceptarán y seguirán los decretos de la Iglesia Católica y Apostólica, es decir, que no negarán la reconciliación a los desposados en segundas nupcias y a los caídos en la persecución, para quienes está establecido el tiempo de arrepentimiento y el plazo de perdón está designado. Es necesario que los así llamados “puros” cumplan en todo lo establecido por la Iglesia Católica. Entonces, en todo pueblo o ciudad donde todo el clero resulte ser ordenado sólo de entre ellos, que mantengan su jerarquía. Si allí donde hay un obispo de la Iglesia Católica, algunos de ellos se unen a la Iglesia, es evidente que el obispo de la Iglesia Ortodoxa tendrá la jerarquía obispal, y los llamados obispos de entre los “puros”, que tengan la jerarquía de un presbítero, salvo que el obispo local decida que éstos participen de la dignidad obispal. Si el obispo no considera esto correcto, que cree para él un lugar de corepíscopo o de presbítero para incorporarlo visiblemente al clero: que no haya dos obispos en una misma ciudad.
Puros o cátaros era el nombre que se daba los cismáticos, seguidores de Novato, presbítero de la Iglesia de Cartago, y de Novaciano, presbítero de la Iglesia de Roma, en el siglo III. Ellos insistían en ser extremadamente estrictos, y no permitían el ingreso a la Iglesia de aquellos que habían caído durante las persecuciones, sin importar cuánto se arrepintieran. También excomulgaban a las viudas que se unieran en nuevas nupcias. Los novacianos manifestaban un fanatismo extremo.  Cuando este fanatismo empezó a ser superado, y se determinó un movimiento hacia la unión con la Iglesia, entonces ésta última los trató con una gran condescendencia, a condición de que renieguen de sus antiguos errores. El Concilio Ecuménico permite recibir a los obispos y clérigos en su dignidad, pero no necesariamente en su posición anterior. Se les permite permanecer en su dignidad con todos los derechos jerárquicos, pero pueden ocupar otra posición allí donde existen obispos y sacerdotes ortodoxos. En esos lugares, dependía del obispo ortodoxo si el obispo novaciano retenía su cátedra como corepíscopo (especie de obispo auxiliar) o si ocupaba la posición de superior de una parroquia. Ver Reglas Apostólicas 68; II Ecuménico 7; VI Ecuménico 95; Laodicea 7 y 8; Cartago 57, 68, 77, 80, 112; San Basilio el Grande 1 y 47; San Teófilo de Alejandría 12. 
 9. Si alguno es elevado a la jerarquía de presbítero sin ser probado, o a pesar de que al ser probado confiesa sus pecados, pero luego de su confesión se actúa en contra de la regla y se le imponen las manos: a éstos la regla (Regla Apostólica 25) no les permite acercarse al servicio sagrado. Ya que la Iglesia Católica indefectiblemente exige pureza (I Timoteo 3:2).
La importancia de esta regla radica en que nadie puede ser recibido al clero sin ser probado. Pero, si como consecuencia de ello, o a pesar de que se lo haya probado, resulta ser ordenado como miembro del clero un hombre que tiene para ello obstáculos canónicos, entonces las reglas no le permiten oficiar. En particular, la regla 10 lo relaciona con los “caídos”, es decir, aquellos que no soportaron las persecuciones y renegaron de la fe. Ver Reglas Apostólicas 61; I Ecuménico 2 y 10; Neocesárea 9 y 10; II de Constantinopla 17; San Basilio el Grande 89; San Teófilo de Alejandría 3, 5 y 6. 
10. Si alguno de los caídos es incorporado al clero – por ignorancia, o con conocimiento de quienes los ordenan – ello no debilita la fuerza de la regla eclesiástica. Ya que luego de la investigación, deben ser destituidos del orden sagrado.
Esta regla está íntimamente relacionada con la regla anterior. Los caídos son aquellos quienes no soportaron las persecuciones. Ver Reglas Apostólicas 62; Ancira 1, 2, 3, 4, 9 y 12; San Pedro de Alejandría 10; San Basilio el Grande 73; San Gregorio de Nisa 2.
11. Para quienes renegaron de la fe, no por la fuerza o por que le fueron quitados sus bienes, o por peligro o algo similar, como ocurrió durante las persecuciones de Licinio; el Concilio determinó que aunque no son dignos de amor, se debe ser misericordiosos con ellos. Aquellos que se arrepientan sinceramente, que permanezcan durante tres años entre quienes escuchan la lectura de las Escrituras, como los fieles, y que se arrodillen siete años en la iglesia pidiendo perdón, que participen de las oraciones dos años con el pueblo, salvo de la comunión de los Santos Misterios.
En la Iglesia antigua existían cuatro grados de arrepentimiento: 1. Los llorantes permanecían de pie a la entrada en el templo y pedían a quienes entraban sus oraciones llorando. 2. Los oyentes estaban en el atrio y permanecían allí hasta la oración por los catecúmenos, luego se retiraban del templo. 3. Los sucumbientes estaban con los fieles en la parte occidental del ambón de rodillas y debían salir del templo después de la oración por los catecúmenos. 4. Los consistentes, estaban con los fieles hasta el final del oficio, pero no se les permitía comulgar. La persecución de Licinio finalizó varios años antes del I Concilio Ecuménico. Dicha persecución había sido particularmente cruel. En esta regla se manifiesta una condescendencia especial para con los caídos. Ver Reglas Apostólicas 62; I Ecuménico 12, 13 y 14; Ancira 4, 5, 6, 7, 8, 9; Laodicea 2; Cartago 52; San Pedro de Alejandría 2 y 3; San Gregorio de Neocesárea 12; San Basilio el Grande 73, 81; San Gregorio de Nisa 2.
12. Algunos fueron llamados por la gracia a confesar la fe y demostraron un primer impulso de celo dejando de lado los cinturones militares, pero luego, cual perros volvieron a su vómito, de manera tal que algunos hasta han utilizado plata, y por medio de presentes lograron la restitución en el rango militar. Que tales se arrodillen en el templo durante diez años pidiendo perdón, luego de haber escuchado las Escrituras desde el atrio por tres años. Para todos ellos se debe tomar en consideración su ánimo y arrepentimiento, ya que a aquellos que demuestran la obra de su conversión, no meramente de manera externa, sino con temor, lágrimas, paciencia y buenas acciones, es correcto recibirlos en la común unión en oración luego de un cierto período de haber permanecido como oyentes. Hasta le es lícito al obispo demostrar amor para con ellos. Pero aquellos que sobrellevaron su caída con indiferencia, y consideraron que su entrada a la iglesia fue suficiente para la conversión, que cumplan el tiempo completo de arrepentimiento.
 La presente regla considera a los soldados cristianos, quienes en un principio se alejaron del servicio militar por no aceptar cumplir con los ritos paganos, pero luego, al reinar Licinio, adversario de Constantino el Grande, volvieron al ejército, lo que significaba volver al paganismo. En esta regla son notables los amplios poderes otorgados al obispo de suavizar la pena general indicada, tomando en consideración el ánimo y la profundidad del arrepentimiento de quienes habían renegado. Ver VI Ecuménico 102; Ancira 2, 5, 7; San Basilio el Grande 74 y 84; San Gregorio de Nisa 2, 4 y 5.
 13. Acerca de los que están por partir de este mundo, se guardará también ahora la antigua ley canónica, a saber: que si alguno va a partir de este mundo, no se le prive del último y más necesario viático. Pero si después de estar por morir y haber obtenido la comunión, nuevamente volviere entre los vivos, que se ubique entre los que sólo participan de la oración. Más aun, cualquiera que esté moribundo, si pide participar de la Eucaristía, que el obispo le imparta los Santos Dones después de examinarlo.
 Ver Reglas Apostólicas 52; Ancira 6 y 22; Neocesárea 2; San Basilio el Grande 73;  San Gregorio de Nisa 2 y 5.
 14. Con respecto a los caídos de entre los catecúmenos, plugo el santo y gran Concilio, que permanezcan tres años sólo entre los que escuchan las Escrituras, y luego que oren con los catecúmenos.
Como los catecúmenos sólo se preparan para el bautismo, pero todavía no se han unido a la Iglesia, son menos responsables que los cristianos cuando caen, y por ello el Concilio Ecuménico les aplica una medida mucho más benigna de corrección: los coloca durante tres años con los oyentes (ver explicación de la regla 11 del I Concilio Ecuménico), y luego los devuelve a la categoría de catecúmenos. Ver Neocesárea 5; San Basilio el Grande 20.
 15. A causa de los muchos disturbios y confusiones ocurridos, se tuvo a bien suspender por completo la costumbre contraria a las reglas apostólicas que se observó en ciertos lugares: que no se traslade de una ciudad a otra ni un obispo, ni un presbítero, ni un diácono. Si alguien, luego de esta determinación del santo y gran Concilio, realiza algo semejante o permite que lo realicen consigo: que tal decisión sea totalmente inválida y que quien se trasladó sea devuelto a la iglesia en la cual fue ordenado obispo, presbítero o diácono.
Esta regla considera el traslado por voluntad propia. Ver Reglas Apostólicas 14 y 15 y las reglas paralelas indicadas allí.
 16. Si algún presbítero, diácono o cualquier miembro del clero, imprudentemente, sin temor de Dios delante de sus ojos y por no conocer la regla eclesiástica (regla Apostólica 15), se aleja de su iglesia, que a partir de ahora no sea recibido en otra iglesia. Se debe utilizar en su contra todo tipo de coacción para que retorne a su parroquia, y si permanece obstinado corresponde que permanezca ajeno a la común unión. De igual manera, si alguien osa apropiarse de alguien que le corresponde a otro, y lo ordena en su iglesia sin el consentimiento del obispo del cual se alejó el ordenado al clero, que sea considerada  inválida la ordenación.
Ver explicación a las Reglas Apostólicas 15 y 16  y las reglas paralelas indicadas allí.
 17. En tanto y en cuanto muchos de los miembros del clero, cayeron en la codicia y la exacción, y olvidaron las palabras de las Sagradas Escrituras que dicen: no entregues su dinero en usura (Salmo 14:5), entregando en préstamo exigen en cien veces más, plugo al santo y gran Concilio, que luego de esta determinación a quien se encuentre obteniendo ganancia de lo dado en préstamo, o explotando esta cuestión de otra manera, o exigiendo comisión, o fabulando alguna otra cosa por la vergonzosa codicia, que tal sea destituido del clero y ajeno a todo orden sagrado. 
Ver explicación a la regla Apostólica 44 y las reglas paralelas indicadas allí.
 18. Llegó a conocimiento del santo y gran Concilio que en algunos lugares y ciudades, los diáconos imparten la eucaristía a los presbíteros, cuando ni la regla ni la costumbre dictan que quienes no tienen poder para ofrecer la Eucaristía entreguen el cuerpo de Cristo a quienes lo tienen. También fue conocido que algunos de los diáconos y antiguos obispos tocan la Eucaristía. Que todo esto cese: que los diáconos ocupen su lugar, sabiendo que ellos son sólo servidores del obispo e inferiores a los presbíteros. Que reciban la Eucaristía por orden, después de los presbíteros, y que les sea entregada por un obispo o presbítero. Los diáconos no pueden sentarse entre los presbíteros, ya que ello no corresponde ni a la regla ni al rito. Si después de esta determinación alguien demuestra desobediencia, que cese en su diaconado.
En la Iglesia antigua los diáconos eran los ayudantes de los obispos en asuntos administrativos. Ellos tenían, en especial en Occidente, una posición de tanta influencia que a menudo eran irrespetuosos para con los presbíteros. El profesor Bolotov escribe: “En principio los diáconos no podían estar sentados delante de los presbíteros, pero Jerónimo conoció a diáconos que no sólo permanecían sentados delante de los sacerdotes, sino que les daban la bendición” (Lecciones de Historia de la Iglesia Antigua, SPB 1913, 3, págs. 164-165). El Primer Concilio Ecuménico, en su regla 18, coloca a los diáconos en el lugar que les corresponde según su dignidad en la Iglesia. Ver VI Ecuménico 7 y 16; Laodicea 20.
19. Sobre los que fueron paulinianos y luego se refugiaron en la Iglesia Católica, se promulgó el decreto que sean rebautizados sin excepción. Si aquellos que en el tiempo pasado pertenecieron al clero, fueron irreprochables e irreprensibles, después de rebautizados, impónganseles las manos por el obispo de la Iglesia Católica. Si al examinarlos se reconoce que son incapaces para el sacerdocio, corresponde que sean destituidos del orden sagrado. Lo mismo se aplique en relación con las diaconisas, y en general con los miembros del clero. Mencionamos aquí aquellas diaconisas que son consideradas tales por su atuendo, ya que, por otra parte, ellas no tienen ninguna ordenación,  y pueden ser consideradas en todo junto con los fieles.
 Se llamaba Paulinianos a los herejes seguidores de Pablo de Samosata, elegido obispo de Antioquia en el año 261, pero destituido por el Concilio de Antioquia por su herejía en el año 269. Pablo de Samosata enseñaba que Cristo fue sólo un hombre, quien comenzó a existir sólo después de su nacimiento de María. Actuaba en Él la sabiduría divina y, perfeccionándose a través de Ella, se hizo Hijo de Dios. Pero esa sabiduría Divina lo abandonó en las horas de la pasión. La regla menciona a las diaconisas, vírgenes y viudas dedicadas al servicio de la Iglesia con votos de celibato. Su función principal era preparar a las mujeres para el bautismo. Cuando cumplían 25 años, los obispos les daban la bendición para usar un atuendo especial. Pero hasta la edad de 40 años ellas podían permanecer en la casa de sus padres. Después de los 40 años, el obispo las nombraba diaconisas del mismo modo que ahora se designa a los miembros del clero, y vivían apartadas. Las diaconisas “quienes se diferencian por su atuendo” eran las diaconisas jóvenes aún no designadas, quienes usaban sólo el atuendo de tales. La institución de las diaconisas existió por poco tiempo. Ver VI Ecuménico 95.
 20. Ya que existen algunos que se arrodillan en el día del Señor y en los días de Pentecostés, para que se cumpla de igual manera en todas las diócesis, plugo al santo Concilio determinar que ofrezcan sus oraciones a Dios de pie.
El Primer Concilio Ecuménico prohíbe arrodillarse el día domingo y en los días de Pentecostés (desde Pascua hasta la festividad de la Santísima Trinidad). La regla 91 de San Basilio el Grande da una explicación detallada del significado de esta determinación. Ver VI Ecuménico 90.
[NOTA DEL TRADUCTOR. Tomado de: Reglas de los Concilios Ecuménicos. Traducido por Xenia Sergejew]